De succiones genuflexas

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No me voy a andar por las ramas. Creo que la ocasión lo merece. Al que le guste, bien, y al que no, pues nada, me alegro. No tenía ni idea de la polémica que se había desatado. Bastantes cosas tengo a mi alrededor, y bastante más importantes, como para andar pendiente de según qué asuntos. Pero esta mañana me he enterado de que Javier Tebas, presidente de la liga española, había pedido perdón a los chinos. En chino. Así que me he puesto a escarbar un poco, por pura curiosidad.  A estas alturas ya sabréis lo ocurrido, pero por si acaso, os lo cuento. Parece que Mbappé, el jugador del Real Madrid, durante una entrevista recordó un meme en el que aparecía su cara sobre la imagen de Mao Zedong (yo sigo prefiriendo Mao Tse-tung, pero allá cada cual con sus gustos). Al comentar el montaje dijo que se trataba de un tipo que creía que era un dictador chino. Ni siquiera pronunció su nombre, igual hasta ni lo sabía. Contó también que utilizaba la imagen para bromear con sus amigos. Como cu...

El último servicio


Esta vieja amiga ha impreso todos mis textos desde 2009. Aunque soy de letras, si las cuentas no me fallan son ya diecisiete años juntos. Soy bastante inmune a los avances tecnológicos, sobre todo cuando implican jubilar un trasto que todavía funciona, aunque sea a trompicones. La impresora protestaba, a menudo se atascaba, a veces echaba humo —literalmente— y rara es la vez durante los últimos años que tras imprimir un texto largo no he terminado manchado de tóner y con pinta de haber pasado la tarde en una carbonería. 

Sospecho que cada vez que imprimía una novela ella deseaba que este fuera su último servicio y por fin disfrutaría de una jubilación más que merecida. También, cuando termino una novela, suelo jurarme que no volveré a remar en galeras mientras la vida sucede al otro lado de la ventana. Pero no es menos cierta la sospecha de que mi vieja amiga, que me conoce tan bien como cualquiera que haya pasado tanto tiempo a mi lado ―ninguna mujer ha durado tanto, ahora que caigo―, nunca parecía tomarse en serio mis amenazas y sabía que antes o después volvería a castigarla.

Hoy ha sido distinto. Cuando me ha visto aparecer con tropecientas páginas y la determinación de seguir dando guerra, debe de haber pensado que diecisiete años de condena han sido suficientes. Aun así ha cumplido. Como un viejo soldado, renqueando, protestando, deteniéndose cuando no le alcanzaban las fuerzas y dejando alguna que otra mancha por el camino, me ha entregado hasta la última página antes de rendirse.

Así que ahora me toca buscar otra amiga a la que engañar. Porque voy a seguir dando guerra, me temo.


Agosto de 2026


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