Adrenalina
Sucede todos los días, en cualquier sitio. Hay mucha gente y alguien dice “pasen por esta caja en el mismo orden de cola”. Soy un poco ingenuo, ya lo sé, qué le voy a hacer: me permito la licencia porque estoy convencido de que los buenos modales suavizan las horas malas y quiero pensar que alguna vez tratan a los clientes de usted. En mi manía por los grandes almacenes IKEA está el primero de la lista. Me marea tanto el laberinto de pasillos que ni siquiera me consuela pensar que una tal Ariadna venga a rescatarme; las flechas del suelo que me señalan, acusadoras, cuando vuelvo sobre mis pasos porque con tanta gente me he pasado de largo o porque estoy hasta el gorro de dar vueltas y quiero encontrar un atajo.
La cola, decía. Suelo quedarme en la misma cuando me ofrecen pasar a la otra por el pudor de ponerme a correr con el carro como si de la carrera de Oklahoma se tratase y porque al final, entre los que se van y los que se quedan, la espera se equilibra. No piensa lo mismo el tipo que se dirige a la nueva, y mucho menos lo piensa el que, varios turnos por delante de mí, lo increpa. El otro responde, levantando los brazos. Los modales del tiñalpa con la piel calcomaniada tal vez lo merecen, yo qué sé. Le tiemblan las manos, lo insulta, le ordena a la novia que lo deje cuando intenta sujetarlo. Algunas mujeres merecerían un monumento si no fueran tan torpes al elegir pareja. La bronca termina como suele: el otro se aleja despotricando y este se queda en la misma cola. Tanto jaleo para al final quedarse en el mismo sitio. Hay una historia muy buena sobre esto. Os la contaré algún día, si sigo vivo, porque tengo la mala costumbre de no bajar la cabeza cuando un buscabroncas, insatisfecho por no haberle partido la cara al otro, está deseando liarla con el primero que se le ponga por delante. Se queda mirándome, el colmillo babeando, la adrenalina desbordándosele por las orejas. No soy de mecha corta, tampoco de los que saltan a las primeras de cambio. Aguanto hasta que me llevan al borde del abismo y luego, bueno, que salga el sol por Antequera, o por donde tenga que salir. Pero también me hierve algo por dentro, muy hondo. Cuando una empleada me ofrece ir a otra caja la sigo. El dilema de siempre: la certeza de que lo más sensato es dar media vuelta (otra calle, otra mesa en el bar, otra cola con menos descerebrados) y la incomodidad de que el que está deseando pelear confunda la sensatez con cobardía. Un dilema irresoluble, me temo: lo primero, no puedo evitarlo, me lleva a avergonzarme de mí mismo, aunque sólo sea un poco; lo segundo no sé cuánto me complicaría la vida. Y además, por una guerra que ni siquiera es la mía.
Necesito una factura para lo que he comprado, pero tras intentarlo varias veces en la puñetera máquina acabo disculpándome y marchándome sin nada porque no soy capaz de poner en orden los números que me sé de memoria, cómo no voy a saberlos. La adrenalina, vaya, aunque no se me note, aunque no me tiemblen las manos. Eso siempre me ha dado miedo.
Que no se me note, digo.
Septiembre de 2026
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