El club de los poetas muertos
Lo he contado muchas veces: me gusta ir al teatro cuando estoy en Madrid. Manías que tiene uno. A pesar de haber visto la película cuando la estrenaron en el cine (puede que la haya vuelto a ver alguna vez), o quizá por eso, sentía curiosidad por la versión teatral. Conservaba un recuerdo muy nítido de John Keating, ese profesor que animaba a sus alumnos a subirse a los pupitres para ver el mundo de otra manera, cambiar de perspectiva, dar la vuelta a los argumentos, desconfiar de lo que todo el mundo daba por sentado, cuestionarse a uno mismo sin cesar; pensar, en definitiva. Los buenos profesores, creo, son los que te enseñan a pensar por tu cuenta, más allá de lo que puedas aprender de memoria para aprobar un examen. Alguno tuve, por fortuna. Más de uno, en realidad. No ha estado tan mal la vida, después de todo.
No cabía un alfiler en la representación de El club de los poetas muertos. Lo bueno de la versión teatral es que es la película y al mismo tiempo no lo es. Juanjo Artero está inmenso como Keating. Da gusto verlo sobre el escenario, escuchar cómo habla a los chavales, cómo los provoca o los empuja a descubrir otras maneras de mirar el mundo. Me sé el final de memoria, quién no, y aun así se me escapó alguna lágrima cuando lo vi caminar por el pasillo oscuro del teatro mientras sus alumnos lo despedían de pie sobre los pupitres, desafiando a la nueva autoridad. También me emocionaron los chavales, quizá lo más complicado del reparto. Ninguno parece imitar a Ethan Hawke, Robert Sean Leonard o James Waterston —el hijo del gran Sam Waterston, sí—. Ni falta que les hace. Estos seis tíos se han apropiado de sus personajes y consiguen que olvides por un rato a quienes los interpretaron en el cine. Antes de empezar la función ya estaban en el vestíbulo, entre el público, por los pasillos y sobre el escenario, cantando a capela, bailando, improvisando números musicales. Había algo tan contagioso en su entusiasmo que te daban ganas de ponerte a cantar y a bailar con ellos, como si tuvieras su edad.
Hace tantos años que me puse a jugar a imaginemos que los motivos por los que empecé se funden unos con otros: las ganas de contar historias, la posibilidad de vivir otras vidas, de escapar un rato de la propia y además cambiar mi destino y encontrar un camino que no era para mí. De epatar también, claro, por qué no: es humano. Pero recuerdo una razón que entonces me importaba más que ninguna otra y que sólo conté a personas muy cercanas y muy queridas: no tenía claro qué iba a ser de mí, a qué me dedicaría, pero sentía el impulso incontenible de emocionar a los demás. Tal vez parezca una pretensión desmesurada para un chaval que no sabía por dónde empezar, pero así era.
A menudo cuando un libro, una película o una obra de teatro me llegan tan hondo me pregunto si alguna vez alguien habrá sentido algo parecido leyéndome. Que nadie piense que pretendo compararme, y si lo piensa es porque no me conoce o todavía no he aprendido a explicarme. Más de una vez lo he conseguido, o eso me han contado algunos lectores, y cada vez que sucede me doy por bien pagado. Keating les recuerda a sus alumnos que la medicina, el derecho, los negocios y la ingeniería son actividades necesarias para sostener la vida, pero que la poesía, la belleza, el amor y el arte son algunas de las razones por las que merece la pena vivirla. Que la pasión es lo que nos hace humanos. Me gusta pensar que algo de eso habitaba ya en el primer hombre que se puso a pintar con los dedos en las rocas de una cueva. No sabemos qué pretendía contar, ni a quién, ni si alguien se detuvo después delante de aquellas figuras y sintió algo parecido a lo que sentimos nosotros cuando una historia nos alcanza, pero quiero creer que sí.
Merece mucho la pena El club de los poetas muertos. Si estáis por Madrid, id a verla. No lo lamentaréis.
Octubre de 2026

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