Los gatos pardos y el perro verde



Ya sé que voy a llevar la contraria a casi todos, pero a mí me encanta el cambio de hora de octubre. Es más, la mejor parte del año empieza ahora, o dentro de poco, cuando a las siete de la tarde parezca que llevamos media noche encima. Antes era aún mejor: hasta 1995 cambiábamos la hora a finales de septiembre, pero a alguien se le ocurrió que había que alargar el verano un mes más y desde entonces toca esperar hasta el último domingo de octubre. La mayoría de la gente que conozco prefiere el horario de verano. Casi todas mujeres, por cierto, aunque no sé si esto tiene alguna explicación científica o sólo tengo mala suerte o tiendo a elegir la misma clase de amigas. Aseguran que así aprovechan más las tardes, que da gusto salir a la calle a las nueve y que todavía sea de día o qué maravilla tener tantas horas de luz. Y yo asiento, porque tampoco voy a discutir por una hora de reloj y porque me gusta conservar a mis amigas, aunque en el fondo desee que llegue octubre y nos devuelvan la oscuridad a una hora decente.

No tengo nada contra el sol, que conste. Me gusta el día, me gusta la noche, me gusta el verano y me gusta el invierno; pero por alguna razón aprovecho mejor el tiempo cuando oscurece pronto. Quizá porque mientras hay luz siento que todavía debería estar haciendo algo, salir, caminar, aprovechar la tarde, ir a alguna parte, terminar lo que tengo pendiente; como si el sol me estuviera vigilando y no me dejara dar la jornada por concluida. En cambio, cuando anochece a las seis y media puedo hacer muchas cosas o no hacer nada sin que me asalte la sospecha de estar desperdiciando una tarde estupenda. Y lo mejor es que aún me queda toda la noche por delante. Qué queréis que os diga: me parece un buen negocio.

Aunque confieso que hay otra razón para que me guste tanto que anochezca temprano. La noche tiene sus propios códigos, ya sabéis: todos los gatos son pardos. Y yo siempre he sido un perro verde. 


Octubre de 2026

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