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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

¿Un mundo diferente?

El día de Año Nuevo bajo a la calle con el euromonedero recién abierto, las monedas relucientes en el pantalón, como si en lugar de salir a la calle con resaca o empachado gracias a los excesos gastronómicos navideños estuviera recién regresado de la Isla del Esqueleto después de haberme corrido una aventura con Jim Hawkins y el cojo Long John Silver, y el dinero que amenaza con desfondarme el bolsillo no fuera otro que mi parte del botín del tesoro del capitán Flint. Eso tienen las monedas de nuevo cuño, relucientes, sin mácula, hasta que el paso del tiempo y el trasiego de tantas manos les resten brillo y nos acostumbremos a su presencia y las miremos con la misma indiferencia que mirábamos a la peseta. Estos días, es la novedad la que nos atrae, la que forma colas en los bancos, en los cajeros automáticos y en los supermercados y en las cafeterías porque no nos aclaramos con el cambio. Hay que tener cuidado con la puñetera regla del seis: lo mismo se equivoca uno multiplicando en lu...

Marcha atrás

No sé si su nombre es José, pero no me importa. Tampoco sé si es carpintero pero su oficio, igual que su nombre, tampoco me preocupa. Sí he leído que su mujer se llama Fátima y que no llegó al hospital de Belén a tiempo de alumbrar con mínimas garantías a un bebé prematuro. No viajaban desde Nazaret , al norte del país, arrastrándose penosamente a lomos un burro, sino desde Al Wajala , cerca de Belén, y el motivo de su viaje no era registrarse en el censo según los dictados del emperador Augusto, sino la necesidad urgente de parir una criatura que se adelanta en el calendario, que llega antes de tiempo sin preocuparse de las fronteras, de las carreteras cortadas, de las fosas que mantienen recluidos a los palestinos, de los suicidas de Hamás o de los soldados israelíes apostados en los controles que les impiden entrar y salir de las ciudades. Pero no llegaron a tiempo. Los soldados no los dejaron seguir hasta el hospital de Belén y el niño, un trozo de ser humano sietemesino que apen...

Banda sonora

De la primera vez que estuve en Nueva York recuerdo una sensación que se ha repetido invariablemente cuando he vuelto a la ciudad de los rascacielos: sólo bastan unos instantes para sentirse muy pequeño, como Gulliver , flanqueado por los edificios enormes, para quedarse absorto mirando los taxis amarillos buscando a Robert de Niro con la cabeza rapada en la película de Scorsese , o sentir cómo lo habita el sonido tranquilizador de un saxo en la calle, unas notas que, después de haberlas escuchado, se da uno cuenta de que también son parte intrínseca de la ciudad que habíamos imaginado aun antes de visitarla por primera vez. De pronto parece como si los rascacielos, el río de gente que baja por las avenidas o los taxis amarillos hubieran perdido su identidad real para transformarse en imágenes de una película visitada muchas veces sin cansarnos y la música del saxo al caer la tarde no fuera otra cosa que la banda sonora de la ciudad. Pasa en muchos ciudades, no só...

Fama

Fama Me ha dado mucha alegría, la verdad. Pero me habría alegrado más si la repercusión mediática se hubiera debido más al premio en sí mismo que las circunstancias insólitas (o no) que lo circundan. Los que tenemos la arrogancia o la ambición legítima de intentar vivir de lo que escribimos somos, supongo, quienes mejor sabemos la dificultad de agenciarse un premio literario. Superar la preselección y las cribas sucesivas hasta llegar a la final y tener la suerte de que tu obra coincida con el gusto de la mayoría de los miembros del jurado supone una prueba tan complicada y exigente como para un equipo de fútbol llegar a la final de la Liga de Campeones. Pero, por fortuna, a veces se consigue, nunca se sabe muy bien por qué, pero a veces recibes una llamada que te alegra el día, o incluso todo el mes o una temporada. Luego, en los premios menores, quiero decir los no convocados por las editoriales comerciales, la alegría se queda en eso, en poco más que una palmadita en la espalda, ...

El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador Hace poco he comprendido por qué algunas historias se convierten en clásicos, por qué al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo. En los cuentos —y curiosamente en los cuentos infantiles, aunque sobre este aspecto también se podría discutir mucho— sucede más que en la novela. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no le queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja en el bosque, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado d...

Una parcela en la luna

Pues nada, que se acabaron los problemas de superpoblación . Una pena para los arquitectos que se han dejado las pestañas diseñando torres de cerca de medio kilómetro de altura para que nuestros descendientes puedan vivir cómadamente en un futuro donde el suelo, cada vez más caro, sólo estará al alcance de unos pocos privilegiados. La solución, cómo habíamos sido tan tontos para no darnos cuenta, está en la Luna. Tan cerca que estaba el satélite, delante de nuestras narices, y nosotros sin enterarnos. Menos mal que un señor de Nevada se ha dado cuenta y, lo mejor de todo, no lo ha hecho ahora, sino hace veintiún años. Denis Hope rellenó en 1981 la Declaración de Propiedad de la Luna y de otros ocho planetas. Parece de coña, pero es tan cierto como que la Tierra da vueltas. Resulta que en 1967 la Asamblea General de las Naciones Unidas firmó el Tratado del Espacio Exterior en el que se propugnaba que los gobiernos no tenían derecho a poseer propiedades planetarias. Como el tratado no...

Falso culpable

Parecía que, después de todo, el terror iba a traer algo positivo. Después de la tragedia de las Torres Gemelas los que mandan en el mundo estaban dispuestos a poner el terrorismo en el punto de mira, a utilizar todos los medios a su alcance para luchar contra él dondequiera que se escondiese. Visto lo visto, parece que hasta ahora el único legado seguro que se ha heredado tras los atentados es la pérdida de las libertades civiles. Los agentes de la CIA , que habían sido despojados de su licencia para matar por obra y gracia del presidente Carter , vuelven de nuevo a sus años dorados de la Guerra Fría. Los resultados, de momento, salvo la masacre de Afganistán , aún están por ver, aunque las leyes norteamericanas se han endurecido de tal forma que estremece pensar que haya cientos de personas en prisión preventiva desde los atentados del once de septiembre cuyo único delito parece ser el color oscuro de su piel, la religión que profesan, tener el visado pasado de fecha o carecer de per...