Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Una parcela en la luna

Pues nada, que se acabaron los problemas de superpoblación. Una pena para los arquitectos que se han dejado las pestañas diseñando torres de cerca de medio kilómetro de altura para que nuestros descendientes puedan vivir cómadamente en un futuro donde el suelo, cada vez más caro, sólo estará al alcance de unos pocos privilegiados.
La solución, cómo habíamos sido tan tontos para no darnos cuenta, está en la Luna. Tan cerca que estaba el satélite, delante de nuestras narices, y nosotros sin enterarnos. Menos mal que un señor de Nevada se ha dado cuenta y, lo mejor de todo, no lo ha hecho ahora, sino hace veintiún años. Denis Hope rellenó en 1981 la Declaración de Propiedad de la Luna y de otros ocho planetas. Parece de coña, pero es tan cierto como que la Tierra da vueltas. Resulta que en 1967 la Asamblea General de las Naciones Unidas firmó el Tratado del Espacio Exterior en el que se propugnaba que los gobiernos no tenían derecho a poseer propiedades planetarias. Como el tratado no dice nada de los individuos, Denis Hope solicitó en su demanda dividir y vender las propiedades de la Luna a sus futuros clientes. Como ningún gobierno le respondió arguyendo que existiese algún problema legal, el negocio siguió adelante.
Como comparado con los precios prohibitivos de los terrenos en la Tierra, las parcelas en la Luna resultan una ganga (un acre, 15,99 dólares), Lunar Embassy, la empresa de Hope, ya ha vendido más de trescientos millones de acres —unas ciento veinte millones de hectáreas— a más de un millón de propietarios. No sé si habrá sido por seguir la broma este hombre, pero por lo visto algunas estrellas de Hollywood y un par de ex presidentes norteamericanos ya se han hecho con la parcelita interplanetaria.
Yo también me lo voy a pensar. Total, por poco más de cinco mil pesetas puedo comprarme una hectárea en la cara oculta de la Luna, para que no me moleste nadie cuando me quiera ir de vacaciones. Y, ahora que caigo, ya no tengo que quebrarme la cabeza para los regalos de Navidad ni hacer cola en los grandes almacenes para que me envuelvan las compras con papel de colores y un lacito: con un acre para cada uno de mis amigos y mi familia voy a quedar como un rey. Eso sí, no pienso entregarles el mapa lunar con la situación de su parcela ni en Nochebuena ni en Reyes, sino el día de los Inocentes.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2001
Publicado en El Correo de Andalucía

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