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Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La carpa parlante

No sé si por culpa del cambio de estación, si por culpa de esta primavera que estrenamos la semana pasada con guerra incluida, mis artículos semanales en este programa se estaban volviendo un poco más oscuros, un poco más tristes que de costumbre. Así que para el artículo de hoy, con el propósito firme de no arrancar un triste bostezo de las caras de Óscar y Fernando, con la intención sincera de que quienes me aguantáis cada miércoles no apaguéis la radio cuando el presentador del programa anuncie mi nombre, me había puesto a dar vueltas a la cabeza después de jurarme a mí mismo que no me levantaría de mi asiento hasta encontrar algo más ligero para contaros, una noticia que al menos arrancase una sonrisa de quienes me estáis escuchando ahora mismo. El caso es que, si uno busca, a poco que profundice conseguirá separar el grano de la paja entre tantas noticias sobre la guerra, entre tantas firmas importantes que se devanan las entendederas para hacernos ver quién tiene la culpa de todo...

Un día con Marilyn

Peter Mangone tiene 63 años y ha recuperado el amor de su vida. La última y la única vez que la vio —que la vio en vivo, porque la ha visto muchas veces en el cine, en televisión, en los millones de pósters de ella que se venden cada año— era un chaval de 14 años y ella una espléndida mujer que, a sus 29 abriles, cosía en el hotel Gladstone de Nueva York las heridas de su divorcio con el jugador de béisbol Joe Di Maggio y de la cancelación de su contrato con Century Fox. En la fría primavera neoyorkina de 1955 Peter hizo novillos durante días, faltaba a clase apostado en la calle 52, frente al hotel Gladstone, con la ilusión de ver a la mujer que, a sus 14 años, le parecía la más hermosa del mundo, a la misma mujer que hoy, a sus 63 años, le sigue pareciendo la mujer más hermosa del mundo, igual que se lo parece a millones de hombres, igual que se lo ha parecido a millones de hombres durante generaciones. En la primavera de 1955, Peter pasó un día entero con Marilyn Monroe. Ese día, el...

Maestros

Una vez conocí a un profesor al que le gustaba que le llamaran maestro, maestro de escuela. Lo decía con orgullo, la boca parecía llenársele de satisfacción al pronunciar las tres sílabas que definían su profesión, que daban sentido a su vida tal vez. Sin embargo, otras veces he escuchado a ciertos cantamañanas referirse con desprecio a los profesores llamándolos maestros de escuela. Es lo que tiene la ignorancia de algunos: les lleva mirar por encima del hombro a quienes no entienden, a reírse de aquellos a quienes no comprenden. A poco que uno escarbe en la memoria encontrará el recuerdo de un profesor que le iluminó el camino. Cualquiera, incluso esos ignorantes que alguna vez se ríen de ellos, le debe a un profesor, a un maestro, a lo mejor sin saberlo, algo que vale la pena. Parece que la profesión de maestro ha provocado muchas veces para quien no la ha ejercido cierta extrañeza, miedo tal vez. Miedo al que sabe. Los maestros —la mejor generación de docentes que había tenido Espa...

Libros

En el siglo XVI la temperatura aún no se medía en la escala de Fahrenheit, pero los libros, igual que en la novela futurista de Ray Bradbury cuyo título se refiere a la temperatura a la que arde el papel, crepitaban en las calles convertidos en una pira de donde se elevaba una columna siniestra de humo. A finales de febrero de 1502 los Reyes Católicos dieron la orden de que todos libros musulmanes religiosos fuesen quemados. Pero los soldados no sabían árabe y prendieron fuego a todos los libros escritos en ese idioma. En Fahrenheit 451, la novela de Bradbury, una brigada de bomberos llamada igual que el título de la historia buscaba sin descanso los escondrijos donde ciertos ciudadanos que no se atenían a las leyes almacenaban libros. Todos los libros estaban prohibidos, pero ni siquiera el fuego purificador de la brigada 451 podía destruir el almacén donde quienes no se conformaban habían depositado las páginas antes de que se perdiesen para siempre. Un nutrido grupo de proscritos qu...

La universidad de Glamorgan

Hasta hace no mucho —bueno, para ser sincero, todavía también sucede— confesarse lector de novelas de Ciencia Ficción ante un interlocutor que gastase ínfulas intelectuales provocaba poco menos que una sonrisa condescendiente o el ninguneo más absoluto. Será porque he conocido —y por desgracia todavía me sigo encontrando— a mucha gente que se barniza de culta, a mucha gente cuyo denominador común es despreciar todo lo que tiene que ver con los libros entretenidos, los libros con los que uno se lo pasa bien, y eso incluye, por supuesto, arrugar la nariz cuando se menciona el nombre de algún escritor que malgasta su vida inventándose novelas que para colmo se venden. Se venden, añaden los dueños del fino paladar de la Literatura, porque hay millones de lectores como yo —como cualquiera de vosotros— que las compran. Lectores torpes que las compran y que —lo que más les sorprenden— además, las leen. Yo descubrí a Isaac Asimov cuando era un adolescente. Gracias a este escritor norteameric...

Cámaras

Cámaras Todos lo hemos hecho alguna vez: después de pasar la tarjeta de crédito por la ranura, se ha abierto la puerta del vestíbulo del banco y, antes de introducir el rectángulo de plástico en el cajero automático nos hemos quedado mirando la cámara que nos observa, impasible, como un ojo electrónico, indiferente, o hemos sacado la lengua al mirar nuestra propia imagen vista desde arriba en el monitor que nos advierte o nos recuerda que estamos siendo grabados. Nuestros movimientos quedan inmortalizados por las cámaras más veces de las que nos damos cuenta. O de las que queremos darnos cuenta, porque si uno se para a pensar cuántas veces al cabo del día sus movimientos son grabados, observados, analizados por alguien, puede que se encerrase en casa bajo llave, se tapase con una manta gruesa y ocultase la cabeza bajo la almohada sin tener todavía la certeza de estar a salvo, temiendo que alguien que ponga el empeño suficiente para encontrarlo, podría averiguar en qué lugar exacto de s...

Karate y Literatura

Karate y Literatura Como todos los que me soportáis cada miércoles sabéis, me dedico a escribir. A escribir cuentos, a escribir novelas, a escribir estos artículos con los que Óscar Gómez me deja que os castigue el oído cada semana. Pero hoy no voy a utilizar este micrófono para hablar de libros o para comentar la actualidad desde una perspectiva literaria. Hoy quiero hablaros de artes marciales. En realidad, os voy a hablar del único arte marcial que conozco un poco. Hoy os voy a hablar del karate. Porque resulta que, ser escritor en ciernes y ser karateca aficionado es bastante parecido. Sí, no arruguéis el entrecejo todavía, que ahora mismo cuento por qué: para la mayoría de quienes no escriben, la idea de un escritor es la de un ser ausente, un ser distante, un ratón de biblioteca con telarañas colgándole como guedejas de las patillas de las gafas con las que mantiene a raya su miopía. Cuando se es escritor —o cuando uno se encuentra en el camino de tratar de serlo, como es mi caso...