Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Libros

En el siglo XVI la temperatura aún no se medía en la escala de Fahrenheit, pero los libros, igual que en la novela futurista de Ray Bradbury cuyo título se refiere a la temperatura a la que arde el papel, crepitaban en las calles convertidos en una pira de donde se elevaba una columna siniestra de humo. A finales de febrero de 1502 los Reyes Católicos dieron la orden de que todos libros musulmanes religiosos fuesen quemados. Pero los soldados no sabían árabe y prendieron fuego a todos los libros escritos en ese idioma. En Fahrenheit 451, la novela de Bradbury, una brigada de bomberos llamada igual que el título de la historia buscaba sin descanso los escondrijos donde ciertos ciudadanos que no se atenían a las leyes almacenaban libros. Todos los libros estaban prohibidos, pero ni siquiera el fuego purificador de la brigada 451 podía destruir el almacén donde quienes no se conformaban habían depositado las páginas antes de que se perdiesen para siempre. Un nutrido grupo de proscritos que vivían en un bosque había memorizado los libros antes de que desaparecieran para siempre, y se los conocía por el título de las obras grabadas en su memoria: La República, se llamaba uno de los hombres; Eclasiastés o Los viajes de Gulliver, otro. En la misma plaza de Granada donde fueron quemados los libros en 1502 ahora la gente se reúne para reivindicar leyendo la pluralidad tan necesaria y tan saludable de la Cultura. Es imposible saber si el futuro que está por venir se parecerá al que inventó Bradbury. Ojalá que no. Pero ver que la gente ahora puede reunirse para leer libros en lugar de quemarlos, me hace albergar, a pesar de los tiempos tan complicados que vivimos, cierta esperanza.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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