Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Los archivos secretos

Los archivos secretos


A veces se alegra uno del presente cuando mira al pasado: España ha cambiado mucho en los últimos veinte años, casi siempre para mejor. La gente es más culta, más alta, más preparada, se gasta el dinero en los gimnasios y en las vacaciones, y conducir un Mercedes se ha convertido en un acto tan usual que ya no es un signo de distinción ir al volante de un coche de importación con la estrella enhiesta sobre el capó. Después de Franco, la UCD, luego el PSOE y ahora el PP. Dicen los entendidos que se ha completado la Transición. Pero a veces se entera uno de cosas que le hacen dudar de si sólo ha cambiado la forma y por desgracia —o porque no puede ser de otra manera— en los españoles sigue habitando el mismo espíritu de antaño. Me refiero a nuestros males endémicos, los de toda la vida: la envidia, el cotilleo, la afición a meter las narices en los asuntos de los demás.
Un hecho que hubiera pasado inadvertido —y que se hubiese tomado como lo más natural— hace cuarenta o cincuenta años, acaba de suceder en Écija: alertados porque un ciudadano de la vecina Osuna denunciara la existencia de cierta base de datos con detalles personales de sus conciudadanos, los astigitanos han descubierto que existen unos archivos policiales en los que se encuentran fichados dieciocho mil vecinos. Por lo visto en los documentos aparece hasta el más mínimo detalle sospechoso de sus vidas, como el estado civil, amistades o conducta sexual. Muchos pertenecen a vecinos fallecidos, pero otras hacen referencia a personas vivas. Pero, ya digo, lo peor, tal vez no sea el qué, sino el cuándo, porque las primeras fichas fueron abiertas en los años treinta mientras que las últimas datan de los primeros noventa. Será ésta una de las razones, supongo, por la que algunos resignados se encogen de hombros al tiempo que dicen que España es diferente. Que sí, mucha democracia, mucha televisión por cable y mucho inmigrante que atraviesa el Estrecho, pero se estremece uno al pensar que los tiempos en que los archivos de los sospechosos permanecían guardados como una amenaza en la Dirección General de Seguridad no resultan todavía, por desgracia, tan ajenos.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2001

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