Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Contrastes


Casi no hemos tenido tiempo de recuperarnos de las Navidades y el hermoso rostro de Nuria Roca se ha convertido en la imagen de las rebajas. No habíamos terminado de buscar la sorpresa en el roscón de Reyes cuando los grandes almacenes anunciaban su apertura en día festivo para acoger la avalancha de gente que se aposta en la puerta, dispuesta a emprender una carrera, no menos intensa y arriesgada que la de Oklahoma, para hacerse con las primeras gangas.
Que andemos metidos en tiempos acelerados lleva aparejado, a poco que uno se fije, un sinfín de contrastes. Aún no han pasado veinticuatro horas desde que han terminado las fiestas navideñas y no sólo tenemos rebajas hasta en la sopa, sino también toda una suerte de anuncios de fascículos para coleccionar objetos, ya no absolutamente inservibles, sino del todo inverosímiles o inauditos. Pero aquí no terminan los contrastes, ni mucho menos: resulta de lo más ilustrativo pasear por la ciudad la noche del seis de enero, sólo veinticuatro horas después del paseo triunfal de los Reyes Magos en la cabalgata. De niño, recuerdo que la Navidad terminaba el día triste de la vuelta al colegio con algún juguete bajo el brazo, pero ahora todo se me antoja más acelerado. Esa noche, el seis de enero, todavía es Navidad, pero a poco se fije lo embarga a uno el pensamiento de encontrarse en una tierra de nadie, caminando sobre un terreno de arenas movedizas donde no se tiene muy claro si la Navidad ha terminado del todo porque ya se anuncian las rebajas en las tiendas del centro o si el ayuntamiento ha concedido una tregua a las vacaciones porque las luces festivas de la calle parecen querer decirnos que todavía no, que por muchas rebajas y por muchos anuncios, aunque los grandes almacenes se empeñen, aún sigue siendo Navidad, aunque sólo sea por unas horas.
Así que sigues el paseo, sin prisas, dejándote llevar, sin un rumbo fijo, y es en la plaza Nueva donde los contrastes adquieren una dimensión mayor: los troncos de los árboles, como un bosque encantado, disfrazados de bombillas, frente a las tiendas de campaña de los estudiantes, con sus pancartas, sus mesas, su entusiasmo y sus muñecos de cartón, recordándonos que el tiempo pasa, inmisericorde, que la Navidad ha terminado y ya empiezan las rebajas, que la gente se despereza pensando en la Semana Santa y que pronto se empezará a montar el arco de la Feria, pero que, para algunos, por desgracia, todo sigue igual.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2002

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