Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Nadar hasta que pueda

 

Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez...

Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedida. He visto morir en la cama a personas que jamás imaginé que permitirían que le cambiaran los pañales. Y todas eran mucho más valientes que yo. No he seguido muy de cerca el caso de Noelia Castillo. Estaba fuera el día que la ayudaron a morir y cuando viajo no suelo mirar las noticias. La eutanasia suele generar un debate encendido ―moral, casi siempre― entre quienes están a favor y quienes están en contra. Nadie puede obligar a una persona a morir. Tampoco debería poder obligarse a vivir a quien no quiere. Por muy incómodo, por muy raro, por muy inmoral o por muy antinatural que nos parezca. 

Quizá nunca llegue ese momento, pero si alguna vez decido que ya no quiero pelear más, ojalá alguien quiera llevarme hasta una orilla y ayudarme a nadar hasta que me fallen las fuerzas.

Pues eso.

 

Marzo de 2026

 

 

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