Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Nadar hasta que pueda

 

Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez...

Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedida. He visto morir en la cama a personas que jamás imaginé que permitirían que le cambiaran los pañales. Y todas eran mucho más valientes que yo. No he seguido muy de cerca el caso de Noelia Castillo. Estaba fuera el día que la ayudaron a morir y cuando viajo no suelo mirar las noticias. La eutanasia suele generar un debate encendido ―moral, casi siempre― entre quienes están a favor y quienes están en contra. Nadie puede obligar a una persona a morir. Tampoco debería poder obligarse a vivir a quien no quiere. Por muy incómodo, por muy raro, por muy inmoral o por muy antinatural que nos parezca. 

Quizá nunca llegue ese momento, pero si alguna vez decido que ya no quiero pelear más, ojalá alguien quiera llevarme hasta una orilla y ayudarme a nadar hasta que me fallen las fuerzas.

Pues eso.

 

Marzo de 2026

 

 

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