Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Los nombrecitos

Desde luego, hay veces que leo el periódico y me cuesta un rato discernir si estoy leyendo las páginas de sociedad, las de sucesos, incluso las de cultura, o si ahora las bromas, para hacernos la vida más amable o para entretenernos, no sólo se cuelan en la prensa el día de los Inocentes. Ya escribía el otro día sobre los Diez negritos de Agatha Christie, pero la misma ternura me había provocado la metedura de pata del gobierno respecto a la reunión de Felipe González en Marruecos o el desembarco de los chicos de la Royal Navy en La Línea, con sus GPS y sus rostros aguerridos bajo las cremas de camuflaje. Pero está visto que para desentumecer las ternillas no hay más que hojear un periódico soslayando los prejuicios para que el estupor ceda sitio a la más limpia de las carcajadas. Resulta que el padre de un recién nacido en Granada, sin duda seguidor inquebrantable de Operación Triunfo, ha querido regalar a su hijo el nombre insigne de David Bustamante, así, como suena, el nombre compuesto, seguido del apellido del padre y de la madre. Menos mal que el juez ha puesto un poco de sentido común y, aunque no he llegado a enterarme de cómo ha terminado llamándose la criatura (escalofríos me dan sólo de pensarlo), tal vez haya evitado al chaval las burlas de sus compañeros de clase cuando vaya al colegio. Aunque, bueno, teniendo en cuenta la avalancha de nombres tan originales, no sé si será peor estigmatizar a un niño con el nombre del concursante de un programa de televisión o registrarlo con el nombre inaudito—manda huevos, que diría Federico Trillo— de Kevin Costner.

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