Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Peripatético

No sé. Será quizá que andamos necesitados de héroes o es que padecemos algún complejo de inferioridad atávico, pero, por mucho que les pese a los políticamente correctos, nos hemos caído con todo el equipo. Hace pocos días nos resbalaban las lágrimas de emoción por las mejillas, extasiados ante las exhibiciones de Johann Muehlegg y sus mocos congelados al traspasar la línea de meta y, apenas transcurrido un pestañeo, el deportista teutón ha pasado de la cima al ninguneo con la misma velocidad que la darbepoetina imprimía a su cuerpo de atleta. El caso de Juanito es especialmente delicado: basta con apuntar que, por muchas banderas y por muchos vivas al país que le paga, no parece tan español como los que se han criado y desarrollado toda su carrera aquí para que cierta gente muy dada a los eufemismos y a la corrección hipócrita recurra al argumento aburrido de la discriminación. Porque, vamos a ver, comparar a Muehlegg con los inmigrantes que se juegan la piel al cruzar el Estrecho es una falta de respeto para éstos. El esquiador es, para bien o para mal, un mercenario. Ya dejó caer entre medalla y medalla que seguiría dando vivas a España si las condiciones económicas se lo permitían en el futuro. No hay que avergonzarse de ello. Al contrario, la patria de uno está donde le pagan. Ahora que sus propios compañeros de equipo dicen no conocer al medallista, la Federación trata de hacer juegos malabares en un esfuerzo imposible de mitigar el bochorno y la Zarzuela ha cancelado la audiencia con Johann Muehlegg, pienso que también, para ser mercenario, hay que saber escoger al patrón: con la de países que habría para ofrececerse ha venido a recalar a un lugar donde la misma gente amable y novelera necesitada de héroes es capaz de aplaudir a los campeones con el mismo entusiasmo que al día siguiente le da la espalda o le clava un puñal en las costillas. Con la de sitios que habría.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla