Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Peripatético

No sé. Será quizá que andamos necesitados de héroes o es que padecemos algún complejo de inferioridad atávico, pero, por mucho que les pese a los políticamente correctos, nos hemos caído con todo el equipo. Hace pocos días nos resbalaban las lágrimas de emoción por las mejillas, extasiados ante las exhibiciones de Johann Muehlegg y sus mocos congelados al traspasar la línea de meta y, apenas transcurrido un pestañeo, el deportista teutón ha pasado de la cima al ninguneo con la misma velocidad que la darbepoetina imprimía a su cuerpo de atleta. El caso de Juanito es especialmente delicado: basta con apuntar que, por muchas banderas y por muchos vivas al país que le paga, no parece tan español como los que se han criado y desarrollado toda su carrera aquí para que cierta gente muy dada a los eufemismos y a la corrección hipócrita recurra al argumento aburrido de la discriminación. Porque, vamos a ver, comparar a Muehlegg con los inmigrantes que se juegan la piel al cruzar el Estrecho es una falta de respeto para éstos. El esquiador es, para bien o para mal, un mercenario. Ya dejó caer entre medalla y medalla que seguiría dando vivas a España si las condiciones económicas se lo permitían en el futuro. No hay que avergonzarse de ello. Al contrario, la patria de uno está donde le pagan. Ahora que sus propios compañeros de equipo dicen no conocer al medallista, la Federación trata de hacer juegos malabares en un esfuerzo imposible de mitigar el bochorno y la Zarzuela ha cancelado la audiencia con Johann Muehlegg, pienso que también, para ser mercenario, hay que saber escoger al patrón: con la de países que habría para ofrececerse ha venido a recalar a un lugar donde la misma gente amable y novelera necesitada de héroes es capaz de aplaudir a los campeones con el mismo entusiasmo que al día siguiente le da la espalda o le clava un puñal en las costillas. Con la de sitios que habría.

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