Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Los inocentes



Hoy se cumple un triste aniversario: hace sesenta y cinco años, por la tarde, comenzaba el bombardeo de Guernica. Los aviadores alemanes de la Legión Cóndor, acompañados de tres cazas italianos que se sumaron a la fiesta, dejaron caer sobre la ciudad vizcaína su carga letal. A pesar del tiempo que ha pasado, los historiadores no se ponen de acuerdo en cuanto al número de víctimas: al principio hablaban de miles, ahora de poco más de un centenar. Pero en las guerras, en los bombardeos traicioneros dirigidos con asepsia desde el cómodo sillón de una oficina, no debería importar mucho cuántos sino quiénes. Han pasado más de sesenta años desde aquella tarde trágica que se convirtió en símbolo de la infame guerra española pero a pesar de ello han caído demasiadas bombas, cada vez más sofisticadas, desde el cielo. Han pasado más de sesenta años, una conflagración mundial y un sinfín de conflictos locales que parecen las espitas por las que escapa el gas en una olla a presión que de otro modo reventaría en pedazos, pero lo único que no ha cambiado en las guerras, en las ciudades que son masacradas desde el cielo por pilotos que ven a sus víctimas como hormigas corriendo a refugiarse en las madrigueras, en el Madrid sitiado de la Guerra Civil, en Dresde, en Hiroshima, en Bagdad, en Nueva York o en Kabul, es que quienes más sufren el horror son los inocentes que no llevan uniforme.


© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2002







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