Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Las dueñas de Peregil

Tanto leer sobre tratados centenarios y no me había dado cuenta. Cuando los gendarmes marroquíes tuvieron la mala educación de desembarcar en la isla Perejil en julio pasado aprendimos más sobre los accidentes geográficos del norte de África que en todo un año de asistencia a clase. Yo, todavía no lo tengo claro —bueno, ahora sí, pero en julio andaba un poco despistado—, pero parece que el islote, aunque se encuentre a un tiro de piedra de Marruecos, es español.Tras el despropósito del desembarco marroquí, y después de la respuesta exagerada de los 28 boinas verdes españoles, no se había vuelto a hablar mucho de la isla Perejil, lo que, después de lo que había pasado en verano, era una gran noticia. Pero cuando parecía haberse llegado a un acuerdo tácito, por parte de España y Marruecos, para no volver a poner ninguno un pie en el peñasco, Rajma Lachili, la dueña de las cabras que pastan en la isla, ha salido a la palestra. La pobre mujer reclama al gobierno español que le indemnice por cuatro cabras que le desaparecieron, o que alguien se comió, durante la crisis de Perejil. El Ministerio de Defensa español se encoge de hombros y alega en su descargo que las cabras se las habrán comido los gendarmes marroquíes. Ya se sabe, la mascota de los aguerridos legionarios es la cabra, y Federico Trillo aparece un día sí y otro también con la mascota cornuda en Las Noticias del Guiñol.Mucha paciencia le va a hacer falta a la pobre mujer. En Fuerteventura, hace poco se ha suicidado toda una manada de cetáceos porque los radares de los barcos de unas maniobras militares les ha estropeado el cerebro, pero el Ministerio de Defensa, para variar, ha mirado para otro lado. A la cabrera de Perejil le queda el recurso, supongo, de reclamar al gobierno marroquí, pero dudo que por allí obtengan más eco sus peticiones. Seguro que esta pobre mujer no sabe de lo difícil que es solicitar cualquier cosa a la Administración, de los paseos por las oficinas, del tiempo perdido, del famoso “vuelva usted mañana”.Pero como dije al principio, enterarme del problema de esta mujer me ha abierto los ojos: el islote no pertenece al gobierno marroquí, ni al español. Tal vez, tampoco pertenezca a la cabrera que se lamenta de la pérdida de cuatro animales. Como mucho, yo diría que la isla pertenece a las cabras. Aunque, puestos a llegar al fondo del asunto, tal vez ni siquiera esto tampoco sea cierto, porque lo más sensato sería que la gente perteneciese a la tierra, y que no discutiéramos, que no perdiésemos el tiempo como aquellas pulgas que se peleaban por discernir, a cuál de las dos pertenecía el perro.

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