Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Primos segundos

Supongo —o, mejor dicho, espero— que a estas alturas nadie dudará ante el hecho más que evidente de que el hombre desciende del mono. O, para ser más exactos, que los humanos y los monos tenemos un antepasado común que debío de patearse las tierras de África hace unos cuantos millones de años. A Darwin se le echaron encima los pensadores más rancios de su época cuando publicó El origen de las especies en el siglo XIX y me temo que, en pleno siglo XXI, a más de uno aún le gustaría pensar que el hombre no desciende del mono —o que no tiene un antepasado común—, que estamos aquí porque una varita mágica nos ha rozado para insuflarnos vida e inteligencia. Discusiones teológicas aparte —porque no voy por ahí—, basta con mirar las caras de algunos para asumir nuestros nuestros orígenes y basta también con mirar algunas jaulas del zoo para que quienes están al otro lado de los barrotes se den cuenta de cómo han evolucionado, o mejor, de cómo han degenerado en sólo unos pocos millones de años.
Hace poco he leído un reportaje donde me he enterado de que se han hallado evidencias de transmisión cultural entre los orangutanes. Según leo, estos monos desgarbados y de cara simpática muestran al menos 24 comportamientos —como juegos o el uso de herramientas— que varían de un lugar a otro, se transmiten de padres a hijos y abundan más en aquellas comunidades más relacionadas socialmente.
El caso es que, por poner un ejemplo, algunos orangutanes usan guantes fabricados con hojas para agarrar ciertos frutos espinosos o ramas, o utilizan una especie de tubo hecho con una rama para extraer miel de los árboles. Además, por lo visto, hasta a los orangutanes más osados les da por practicar deportes de riesgo. Que sí, que no me lo estoy inventando, que cuando están aburridos les da por practicar algo así como el puenting, como el puenting pero sin cuerda. Trepan a un árbol, se cuelgan de una rama medio quebrada y se ponen a brincar hasta que la rompen. Caen al vacío locos de gusto pero, cuando les falta poco para estrellarse en el suelo, se agarran a otra rama y aquí no ha pasado nada. Pero lo que más me maravilla de esto —bueno lo que casi más me maravilla, dentro de un momento explicaré por qué— es que ciertos orangutanes dicen algo parecido a “buenas noches” al acostarse. Sí, parece que cada noche, antes de construir su lecho, emiten el mismo sonido.
Pero, como decía, esto no es lo que más me maravilla. Lo que más me sorprende —o lo que más me inquieta, o lo que más me duele, porque no sé ni cómo llamarlo— es saber que nosotros, el último eslabón de la cadena, nos rompemos la crisma demasiadas veces al colgarnos de una cuerda elástica haciendo puenting, o nos quitamos el estrés conduciendo a 180 en dirección contraria por la autopista, con los ojos turbios de alcohol o de pastillas, o de las dos cosas. Y que, ya, por desgracia, cada vez menos nos decimos buenas noches antes de irnos a la cama, o nos damos un beso o nos cogemos la mano. Por eso cuando me detengo delante de la jaula de los orangutanes en el zoo lo que menos me preocupa es si somos o no somos primos segundos, sino que me entran ganas de darle a un simio una palmadita amistosa en la espalda y decirle, “vosotros sí que sabéis”.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2003

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