Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Vientos de guerra



Algunos dicen que la guerra con Irak no es inevitable. A mí, sin embargo, me gusta pensar que todas las guerras —la de Irak, incluso la de Troya— son evitables. Y tengo la sensación de que mucha gente piensa lo mismo que yo: que Bush y los suyos necesitan cualquier excusa para ordenar a los aviones que empiecen a arrojar bombas —otra vez— sobre Bagdag. Claro que el mandamás de los iraquíes no es ningún santo, pero tampoco lo es nadie, creo, en estos tiempos —no lo soy yo, y seguro que tampoco lo es el presidente de Estados Unidos: ¿lo es alguno de ustedes?—. El actor Sean Penn ha demostrado hace pocas semanas su talante comprometido visitando Bagdag, recorriendo los hospitales de la capital iraquí, igual que los futbolistas lo hacen en Navidad, para aportar su granito de arena en contra de esta guerra absurda. Por desgracia, me temo que el gesto admirable de Sean Penn —igual que las manifestaciones de otros actores en Estados Unidos en contra de la decisión de atacar Irak— caerá en saco roto. Yo mismo, mientras escribo este artículo, me pregunto si mis palabras servirán para algo o si también lo que digo caerá en saco roto y, al final, lo que tenga que suceder sucederá. Es una lástima que después del nefasto 11-S se haya desperdiciado la posibilidad única de reflexionar y hacer un ejercicio voluntarioso para arreglar tantos despropósitos en el Mundo. Tampoco se trata de ponerme fatalista: uno no cuenta con otras armas que las que tiene, y su obligación es utilizarlas de la mejor manera posible para contribuir a hacer un Mundo más justo. Y si al final los aviones americanos cruzan el cielo del desierto rumbo a Bagdag, al menos nos quedará la satisfacción de haber intentado evitarlo.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2003

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