Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La guerra chica


Durante varias semanas se han celebrado en el municipio sevillano de Tocina unas jornadas sobre el exilio y la posguerra: Jornadas de investigación y debate sobre represión, exilio y posguerra, ha sido su nombre exacto. Mañana se clausuran y, no sólo me gustaría enterarme de que la asistencia ha sido masiva, sino que me alegraría mucho saber que la experiencia se va a repetir en muchos más sitios. Durante la Transición —de hecho, hasta hace muy poco— hubo un pacto de silencio que relegó al olvido a la mayoría de quienes gastaron su vida en el monte, a escondidas, como bandoleros, y luego en la cárcel, o, los más afortunados, en el extranjero. Yo me acerqué hasta Tocina para tener la oportunidad de ver a algunos de ellos: José Murillo, el comandante Ríos, es un cordobés casi octogenario que aguantó 9 años en el monte y después otros 15 en las cárceles. Habló el comandante Ríos de las cinco balas que lleva como recuerdo en un hombro. Esas balas que cuando estuvo preso no se las quisieron extraer y que ahora él quiere que le acompañen hasta la muerte. A pesar de su pelo blanco, sus gafas y sus andares esforzados, no te cuesta imaginártelo hace cincuenta años caminando por la sierra, joven y confiado en que los sacrificios de la guerrilla ayudasen a terminar con la dictadura. Cuenta José Murillo que su nieto le pide que le hable de la “guerra chica”, esto es, de la guerrilla y me imagino al pequeño sentado sobre las piernas de su abuelo escuchando viejas historias. Me imagino al abuelo, con esas cinco balas alojadas bajo la piel, entornando los ojos, sonriendo al pequeño, satisfecho quizá porque por fin, después de tantos años, los más jóvenes nos vamos enterando de su sacrificio.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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