Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Beatlemanía


No soy muy mitómano. En mi estantería tengo algunos libros firmados por autores que admiro, pero las cosas por las que siento más cariño son aquellas que me recuerdan los sitios donde he estado o las personas que he conocido. A pesar de mi escaso apego a lo material no me cuesta entender la fascinación hipnótica que sobre mucha gente proyectan ciertos objetos que han pertenecido o que simplemente han sido tocados o rozados por las yemas de los dedos de algún famoso. A mediados de los sesenta, durante una de las giras de los Beatles por Estados Unidos, los empleados de los hoteles donde se habían alojado hacían grandes negocios vendiendo las sábanas de las camas donde durmieron, los vasos donde bebieron, incluso el aire que respiraron se enlató para regocijo de los más fanáticos. La leyenda de los Beatles se acrecienta al mismo ritmo que el deseo irrefrenable de ciertos admiradores capaces de esquilmar sus ahorros para adquirir un fetiche de Paul, de John, de George, de Ringo. Sabedor de esto, Ian Mears, un beatlemano británico, después de haber pasado un rato con un Paul Macartney griposo, pensó que le había llegado la oportunidad de su vida al sentirse contagiado por el mismo virus del bajista de Liverpool. Mears no dudó en poner un anuncio en un sitio de subastas electrónicas donde los posibles compradores podrían pujar por los gérmenes de gripe de Macartney. Por muy repugnante que parezca, ha recibido ofertas, y el que más dinero pague obtendrá como premio una bolsa en cuyo interior Ian Mears habrá tosido generosamente. Menos mal que el ex beatle no ha visitado China últimamente: miedo me da calcular el valor de su aliento infectado de neumonía atípica.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2003

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