Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Internet


No suelo navegar mucho. Ni por Internet ni en el mar. Ya me gustaría. Lo segundo, claro. Con las gotas de sudor que me cuesta algunas veces conectarme, no necesito tener demasiada experiencia náutica para tener la certeza de que la mayoría de las veces resultaría más fácil gobernar un velero de quince metros de eslora bajo un cielo copado de nubarrones que poder engancharme a la Red. Me empiezan a salir rectángulos grises en la pantalla, que si la conexión no está disponible, que si inténtelo más tarde, pero yo, incapaz como soy de distinguir entre un mega y módem, acabo reiniciando el ordenador después de cruzar los dedos y cerrar los ojos esperando que cuando vuelva a encenderse todo volverá a ser como antes. Al final logro conectarme: a poco que uno lo intente, a la tercera o a la cuarta se consigue. Luego me encuentro con la segunda parte de la aventura: mandar correos, recibir los mensajes de los amables lectores de este periódico que se ponen en contacto conmigo a veces cuesta tanto que cuando entran y salen a la primera me entran ganas de levantarme y ponerme a batir palmas. Para solucionar los problemas me quedan dos opciones: contratar una de esas líneas modernas y veloces que cuestan una pasta o marcar un 906 -que también cuesta un ojo de la cara- y, si tengo suerte, un técnico desganado me revisará la configuración de mi Outlook y me dirá que todo está correcto, que llevan algunos días con problemas técnicos. Que eso es lo que hay. A ver si me compro un libro sobre palomas mensajeras, o sobre señales de humo, y en lugar de esta dirección de correo electrónico los lectores pueden ponerse en contacto conmigo por un canal más exótico. Y seguro que más rápido.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2003

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