Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Malas maneras

Es medianoche. Hace media hora me ha visto un médico en urgencias. Un hombre afable que, llamándome por mi nombre, dedica unos minutos a buscar con el tacto el alcance de una lesión muscular repentina que me impide andar. Me explica que es una posible rotura fibrilar, me pide reposo absoluto y me recomienda ir a un hospital con más medios para comprobar el diagnóstico. No tardo en llegar a otro centro médico donde soy el único paciente en la sala gélida de urgencias. Entro en la consulta arrastrando la pierna, dando botes sobre el pie sano. Pero la doctora que me atiende está derrengada en una silla como si en lugar de en un despacho estuviese tumbada en el sofá de su casa. No levanta los ojos del papel donde escribe, no me dice mi nombre y yo, a pesar de hacer equilibrios con la pierna buena no me siento porque nunca lo hago cuando no se me invita a hacerlo. Me tumbo en la camilla y me doy cuenta de que estoy en manos de una profesional extraordinaria, con una agudeza dactilar propia de un pianista o de un engendro robótico ultramoderno, porque apenas tiene que pasar la palma de su mano por mis doloridos gemelos durante tres segundos para diagnosticar que no tengo nada. Impresionante, como si tuvieras rayos X en los ojos, estoy a punto de decirle mientras hago una pirueta para recuperar la verticalidad sobre la pierna buena. Pero ha vuelto a desparrarmarse sobre su silla que se le antoja un sofá y me pregunta sobre mi historial clínico. Le contesto que no, que aparte de andar como un canguro cojo estoy muy bien, pero no recoge el guante. Disimula mal un bostezo y se interesa por alguna posible alergia. A las malas maneras, murmuro, pero para eso no hay remedio.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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