Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Malas maneras

Es medianoche. Hace media hora me ha visto un médico en urgencias. Un hombre afable que, llamándome por mi nombre, dedica unos minutos a buscar con el tacto el alcance de una lesión muscular repentina que me impide andar. Me explica que es una posible rotura fibrilar, me pide reposo absoluto y me recomienda ir a un hospital con más medios para comprobar el diagnóstico. No tardo en llegar a otro centro médico donde soy el único paciente en la sala gélida de urgencias. Entro en la consulta arrastrando la pierna, dando botes sobre el pie sano. Pero la doctora que me atiende está derrengada en una silla como si en lugar de en un despacho estuviese tumbada en el sofá de su casa. No levanta los ojos del papel donde escribe, no me dice mi nombre y yo, a pesar de hacer equilibrios con la pierna buena no me siento porque nunca lo hago cuando no se me invita a hacerlo. Me tumbo en la camilla y me doy cuenta de que estoy en manos de una profesional extraordinaria, con una agudeza dactilar propia de un pianista o de un engendro robótico ultramoderno, porque apenas tiene que pasar la palma de su mano por mis doloridos gemelos durante tres segundos para diagnosticar que no tengo nada. Impresionante, como si tuvieras rayos X en los ojos, estoy a punto de decirle mientras hago una pirueta para recuperar la verticalidad sobre la pierna buena. Pero ha vuelto a desparrarmarse sobre su silla que se le antoja un sofá y me pregunta sobre mi historial clínico. Le contesto que no, que aparte de andar como un canguro cojo estoy muy bien, pero no recoge el guante. Disimula mal un bostezo y se interesa por alguna posible alergia. A las malas maneras, murmuro, pero para eso no hay remedio.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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