Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El ratón Pérez

Irene y Carmen son dos señoritas preciosas de seis años que, cuando llego a la orilla y me siento en una butaca frente al mar, se sientan en mis rodillas, envueltas en sendas toallas después de una mañana feliz de baños y de juegos en la que he tenido que participar debido a esa contumacia entrañable que tienen los niños para conseguir que los adultos les prestemos atención. Entre risas me cuentan que a las dos les gustan los espaguetis, los huevos fritos, los macarrones con tomate, las pizzas y los helados de chocolate. Igual que a mí. Por la tarde, más playa, más sol, más baño y, a la hora de la merienda asisto a un concierto de canciones interpretadas a dúo por dos artistas cuyas vidas juntas apenas suman doce años. Luego, Irene me cuenta que un niño de su clase le ha dicho que el Ratón Pérez no existe, pero ella no se lo cree. Carmen, me mira muy seria y me explica que es imposible que el Ratón Pérez no exista, porque con los dientes de los niños, los ratones hacen casas, muebles, electrodomésticos, y por eso dejan bajo la almohada, a cambio, dinero o chucherías. La lógica es aplastante, irrefutable. Tan claro lo veo que no se me ocurre responder nada mejor de lo que he escuchado. Ya no me acordaba de aquellos tiempos en los que yo también dejaba algún diente bajo la almohada para encontrarme por la mañana unas monedas, pero esa historia infantil sucede todos los días, miles de veces, y ¿saben una cosa?: los sueños existen, y seguirán existiendo siempre mientras haya alguien que crea en ellos con la fe de una niña de seis años a la que -cada vez que lo pienso, lo veo más claro, incluso miro bajo mi almohada a pesar de saber que ya no tengo edad para dejar dientes en la cama- no le falta razón.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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