Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Pasear

Uno no se da cuenta del placer de caminar hasta que un día tiene que aparcar el coche muy lejos de su destino y, en lugar de coger un taxi, decide que hace un buen día y que no sería mala idea dar un paseo hasta el centro. Después de todo ha venido con tiempo de sobra ante el atasco predecible. Se siente raro al principio, camina muy rápido el primer trecho, con una prisa que en realidad no tiene, desacostumbrado a desplazarse utilizando las piernas, pero, cuando ha superado los primeros minutos de incertidumbre empieza a notar que ha recuperado o ha redescubierto un placer antiguo que llevaba guardado en la memoria, y empieza a ralentizar sus pasos, a observar la ciudad desde una perspectiva diferente, se entretiene observando a tanta gente que camina y en la que nunca se ha fijado cuando iba conduciendo, se demora en una plaza, bajo el frescor agradable de la sombra de un naranjo en una mañana calurosa que anticipa el verano implacable. Al llegar a su destino mira el reloj y comprueba complacido que, a pesar de haber venido andando y de haberse entrenido disfrutando del paseo, incluso le ha sobrado tiempo. Y cuando termina lo que ha venido a hacer desanda el camino y vuelve a disfrutar del trayecto. Se mete dentro del coche, lo arranca, conecta el aire acondicionado y realiza todos esos gestos mecánicos repetidos millones de veces durante sus años de conductor. En un semáforo, mira a la gente que camina por la acera y de pronto se siente constreñido, agobiado en el interior de su vehículo. Cierra los ojos para pensar en su paseo matinal y a punto está de bajarse del coche y dejarlo allí, en mitad de la avenida: no hay que viajar muy lejos, piensa, para disfrutar de un mundo diferente.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2003

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