Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Aburrimiento


Se celebra estos días en Gijón la Semana Negra. Durante la Semana Negra, que en realidad dura diez días y que tampoco es del todo negra puesto que cada año se muestra más saludablemente abierta a otros géneros, escritores y aficionados se reúnen en esa hermosa ciudad del norte para intercambiar ideas, intervenir en debates, asistir a tertulias o simplemente por el gusto de charlar o tomar una cerveza con quienes comparten estas aficiones culturales. Por una de esas casualidades que se dan tantas veces en la vida, la Semana Negra de Gijón se ha inaugurado un día después de que el presunto asesino del naipe se entregase en la comisaría de Puertollano y a buen seguro que tendrán un tema del que hablar. Culpable o no, la confesión de Alfredo Galán hiela el espinazo por su claridad estremecedora. Según se deduce de sus palabras, el motivo por el que mataba a sus víctimas era para demostrar -para demostrarse a sí mismo, quizá- lo fácil que resulta cometer un asesinato y, según vamos sabiendo, no lo han llevado a la cárcel los sentimientos de culpabilidad que le martilleaban la cabeza, como el corazón del cuento de Poe, sino el hartazgo ante la, según él, ineptitud e ineficacia de la policía, que no lograba dar con él. A mí me da que la causa de su confesión se debe a grandes dosis de impaciencia y de vanidad no satisfecha. Uno está acostumbrado a leer sobre crímenes y siempre ha tenido la impresión de que, por regla general, el asesino y la víctima se conocen, que existe un vínculo sentimental, familiar o amistoso entre el ejecutor y el ejecutado, pero se le eriza el vello a la altura de la nuca y se le atraganta el café al comprobar que la razón de un asesino no sea otra que el más absoluto aburrimiento.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2003

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