Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

En la esquina, el paraíso

Empieza agosto y desde mi ventana veo las colas de coches que se dirigen por la autovía en busca de la playa. Empieza agosto y nosotros, unos cuantos tipos raros, nos quedamos aquí, de guardia, para hacer el verano más agradable. Pero déjenme que les diga una cosa. Si no tuviera que estar hablando delante de un micrófono tampoco creo que me encontrase metido en uno de esos coches que veo desde mi ventana. No creo que fuera uno de los millones de personas que empiezan hoy con ilusión sus vacaciones, uno de esos que tal vez aguanta con resignación las horas de coche que le quedan para disfrutar del paraíso veraniego.
Y es que resulta que el paraíso no tiene por qué encontrarse al final de la autopista, o colgado en el escaparate de una agencia de viajes, en forma de palmera, playa de arena blanca y agua transparante. Como en el título de la última novela de Mario Vargas Llosa, El paraíso en la otra esquina, el paraíso puede estar tan cerca que tal vez por eso no nos damos cuenta de que lo tenemos al lado. Porque, sean sinceros, díganme la verdad: ¿no les apetecería alguna vez el zumbido suave del aire acondicionado en un bar cualquiera de cualquiera de las ciudades que se quedan desiertas en verano antes que la orilla de una playa abarrotada un domingo de agosto? A veces uno siente un placer íntimo al aparcar el coche sin agobios en una avenida desierta de la ciudad un fin de semana de verano sintiéndose como Charlton Heston en esa película catastrofista, El último hombre vivo. Tampoco es cuestión de ponerse tan radical ni de discutir, porque con los paraísos pasa como con los gustos, que cada uno tiene el suyo. Pero ya que me dan la oportunidad de hacerlo, no voy a dejar de insistir en que, si uno mira bien, se da cuenta de que el paraíso, el disfrute de la vida, se encuentra mucho más cerca de lo que pensamos, tanto que casi nunca hay que viajar muy lejos para encontrarlo: basta con mirar a nuestro alrededor, basta con apretar la mano de la persona a la que queremos, basta con escuchar la risa limpia de un niño, con respirar hondo al toparnos con un olor familiar y aguantar el aire unos segundos para conservar la sensación y disfrutarlo, basta con tomar una copa con los amigos de verdad, basta con una sonrisa, con las cosas sencillas, basta simplemente ¾de tan fácil que es resulta complicado¾ con mirar de otra manera y darnos cuenta del valor de lo que nos rodea y casi nunca apreciamos.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2003

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