Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La ilusión, de nuevo

Siempre nos pasa lo mismo, Cristóbal. Cada dos años, en la Eurocopa o en los Mundiales. Empieza el verano y la selección de vuelta a casa, derretidas las pinturas de las mejillas de los aficionados, desechas las banderas rojas y amarillas que sólo se enarbolan sin rubor cuando juega la selección, quebradas las gargantas de los periodistas que han retransmitido el último partido, retransmitiendo la última crónica frente a una cámara que nos muestra lo más parecido que recordamos a una batalla perdida, el césped des-brozado, las gradas en silencio, los operarios recogiendo los trastos, y el presentador de televisión diciendo que otra vez lo mismo, que otra vez qué pena; Manolo el del Bombo, ¿te acuerdas, Cristóbal?, de él hablamos el otro día, con la piel del tambor hecha trizas, la chapela descolgada y el brazo sin fuerzas ya después de otro mundial que nos volvemos con las manos vacías. Es lo que pasa cuando nos hacemos ilusiones, que al final el revés de la derrota es más fuerte y más doloroso. Pero quién hubiera sido capaz de no ilusionarse, Cristóbal, de no haber pensado, aunque sólo haya sido una vez, aunque lo haya hecho a escondidas o con la boca pequeña que éste iba a ser, de una vez por todas, el mundial de España. Y es que tal vez, Cristóbal, lo que sucede es que el fútbol es como la vida, que por muy mal que nos vayan las cosas uno siempre quiere creer que al final pueden salirle bien, y esa ilusión es lo único que nos hace seguir adelante y no rendirnos, esa fuerza que nos levanta a pesar de saber que estamos derrotados, aunque al final sea la vida misma, el destino o la mala suerte, o Francia, la que se encargue de poner las cosas en su sitio. Pero bueno, como te decía al principio, se acaban los mundiales para nosotros, pero el verano, el tiempo de la felicidad, empieza ahora, pero también, como sabes, como todos sabemos, se acabará un día, y antes de que nos queramos dar cuenta las no-ches serán otra vez más largas, y algunas mañanas frescas nos recordarán que el otoño, inexorable, se acerca de nuevo, y nos quedará el consuelo que pronto, muy pronto, otra vez, será verano, y la vida volverá a darnos una nueva oportunidad de ser felices. Con la selección y los mundiales pasa lo mismo, Cristóbal. Es como la vida misma, y está bien que así sea. Dentro de poco lo que pasó el martes no será más que un mal recuerdo, y antes de que queramos darnos cuenta tendremos a otro equipo armado, preparado para batallar en la Eurocopa. Tal vez todo, al cabo, sea una ilusión también, un espejismo como el que hemos vivido durante un par de semanas y al final la vida o el destino, como te decía, volverá a ponernos en nuestro sitio. Llega un momento en que todo termina, querido amigo, los mundiales, el verano, la temporada en la radio, pero siempre hay que tener presente que la vida, a poco que nos descuidemos, volverá a darnos otra oportunidad.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2006


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