Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Todo sigue igual

Bueno, Cristóbal, ya estamos aquí otra vez con las separatas. Hace poco más de un mes que castigué a los oyentes con la última, y me da la sensación de que, si hubiese tardado un poco más de tiempo en ponerme delante del micrófono, tal vez el mundo habría cambiado tanto que hasta nos costaría trabajo reconocernos. Te lo digo porque, según dicen los expertos, el verano ahora dura doce días más que antes ―lo que para quienes nos pasamos el día mirando el cielo deseando que llueva no es una buena noticia―, y, para colmo, hemos apeado a Plutón del rango planetario. Será lo que tiene la distancia: quizá estar tan lejos del sol tenga la culpa de que a uno no lo tengan en cuenta.
Eso en cuanto a la astronomía, porque, no nos engañemos, nada más bajarnos un poco de las nubes nos percatamos de que por aquí todo sigue más o menos igual: los árboles que arden en verano y los inmigrantes que llegan a las costas de Canarias mientras en Bruselas miran para otro lado. Será que las fotos junto a los subsaharianos de Canarias no cotizan mucho de los Pirineos para arriba, Cristóbal. Y, por cierto, ya que estamos hablando de fotos. Yo no sé a ti, Cristóbal, pero a mí me hace mucha gracia ver a los políticos dándose patadas en el culo por hacerse fotos con los actores, con los intelectuales, con los deportistas. Los veía la semana pasada en la tele, en el estreno de Alatriste, y era para echarse a llorar, de la risa, claro, viendo la cara de circunstancia de Arturo Pérez-Reverte, con lo que lo conocemos quienes le leemos, dejándose retratar junto a Zapatero y su mujer. Pero lo más triste que he visto estos días, Cristóbal, ha sido lo de la Selección Española de Baloncesto. Mira que tengo respeto por la familia real, querido amigo, pero que ninguno de ellos se haya tomado la molestia de coger un avión hasta Japón para animar a los nuestros me ha parecido de una torpeza imperdonable, sobre todo después de haber visto a Felipe y a Letizia en los palcos del mundial de Alemania. De verdad que durante el Mundial de Baloncesto llegué a pensar que no me había enterado, Cristóbal, y que por lo menos el día de la final vería en un palco al rey, a la reina, a Elena o a Cristina o a cualquiera de sus consortes. Tal vez a los príncipes. Pero qué va. Y el caso es que luego los ves aquí, Cristóbal, a los jugadores, atendiendo a todo el mundo, tan amables paseando la copa y las medallas por la Moncloa y la Zarzuela, y te das cuenta aunque te pese que al final Napoleón, aunque no te caiga muy bien históricamente, llevaba razón el tío: la victoria tiene cien padres, pero la derrota, la derrota, amigo mío, es huérfana. En fin.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2006


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