Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Coincidencias

Bueno, Cristóbal, pues ya se nos ha ido otro, y aunque cada cierto tiempo siempre surge algún cantamañanas que empieza a dar órdenes en un país sin pedir permiso a sus ciudadanos, ahora que se nos ha ido Pinochet y que a Fidel Castro parece que le falta poco para que le den la extremaunción, me da la sensación de que cada vez van quedando menos dictadores, al menos dictadores de esos que llevan uniforme y que, para desesperación de sus enemigos, tienen la mala costumbre de morirse en la cama.
 o de Pinochet es bastante curioso, fíjate. Seguía en Chile con no sé qué estatus especial después de que se convocasen elecciones libres, hasta que un día el juez Garzón lo trincó en Londres con la guardia baja. Y se barruntaba que se iba a morir, querido amigo, no había más que verlo, mareando la perdiz de un lado para otro mientras iban pasando los años, se descubría la fortuna en lingotes de oro que había sacado del país y los represaliados por su régimen trataban de hacer tripas corazón en aras de la reconciliación nacional, o como se diga.
Y al final Pinochet se ha muerto, Cristóbal, igual que nos moriremos todos, y se ha ido de rositas. Y aunque, como te digo, era algo que ya se veía venir desde hacía tiempo, porque la edad no perdona, querido amigo, tal vez a los torturados por sus acólitos les quede el con-suelo ―escaso, pero consuelo al fin y al cabo― de haberlo visto humilla-do en Londres, hace siete años. Pero lo más divertido de todo, querido Cristóbal, es esas piruetas tan extrañas que el destino nos regala algunas veces. Te aseguro que yo no lo sabía, y que me enteré de la coincidencia en boca de Isabel Allende, la hija de Salvador, la prima de la escritora del mismo nombre: resulta que Augusto Pinochet se ha muerto el día de los Derechos Humanos. Él no creía en ellos. Por lo visto decía que los derechos humanos eran un invento marxista. Pero estoy seguro de que más de uno habrá brindado para celebrar la coincidencia de la efeméride. No sé a ti, Cristóbal, pero a mí esta coincidencia de fechas me da qué pensar. Miro al cielo y me da la sensación de que el que mueve los hilos del Destino tiene un retorcido sentido del humor.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2006


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