Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Diez céntimos

Querido Cristóbal:
El sábado, como sabes, yo venía de vuelta en el AVE para Sevilla, y como me gusta mucho la tranquilidad te puedes imaginar que estaba un poco cansado de alternar con un montón de gente durante un par de días. Pero es lo que tiene el oficio de escritor, querido amigo, que muchas veces tienes que salir del cascarón y relacionarte un poco: ya sabes, gente de la prensa, colegas a los que aprecias y otros cuyas cuitas y vanaglorias te aburren sobremanera. En fin. Gajes del oficio. Pero, a lo que iba. Que venía yo el otro día en el AVE y me pasé medio viaje en la cafetería, porque a determinadas horas, querido amigo, el lugar más tranquilo del tren es la cafetería, y se está mucho mejor que en tu asiento mientras escuchas timbres chirriantes de teléfonos móviles y conversaciones que maldito lo que te importan. Y allí estaba yo, como te digo, de pie, asomado a la ventana de la cafetería felizmente vacía, cuando llega una niña ―diez u once años le calculé―, con sus trenzas y sus gafas, muy guapa, muy educada, y le pregunta a la camarera el precio de dos cocacolas y una botella de agua. Sólo para saber cuánto cuesta, apostilló, muy tímida, porque no sé si traigo bastante. La camarera me miró y sonrió mientras echaba mano de la calculadora. La niña esperaba el resultado de la suma mirando las monedas en la palma de su mano. Le faltaban diez céntimos, querido amigo, una moneda que desenfundé rápido y planté en la barra, antes incluso de que la camarera tuviese tiempo de decirle que se los perdonaba. Gracias, me dijo, muy tímida, bajando la cabeza. Gracias, me volvió a decir, cuando salía de la cafetería con sus dos cocacolas y su botella de agua. Nunca sabrá esa chiquilla, querido Cristóbal, lo feliz que hizo a un escritor que apenas había dormido en los dos últimos días, el mismo escritor que siguió mirando ensimismado los olivos de Jaén al otro lado de la ventanilla, el mismo que ahora, seis días después, le dedica esta separata en la radio.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2008

Emitido en Punto Radio el 22 de febrero de 2008

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