
Ha vuelto, Cristóbal. Desde ayer podemos verlo en el cine otra vez.
Harrison
Ford, con edad de
abuelete jubilado, se ha calado el sombrero y ha empuñado el látigo de nuevo. Y, fíjate, no sé si será porque hace cerca de veinte años que fui a ver al cine la última aventura de Indiana
Jones, aquella en la que buscaba el Santo Grial con su padre, mi admirado Sean
Connery -que, por cierto, qué lástima que haya decidido retirarse del cine para siempre-, pero ayer por la tarde allí estaba yo, haciendo cola para asistir a la primera sesión, con mi sobrina de once años. Y es que, fíjate, querido Cristóbal, ninguno de mis dos sobrinos había nacido cuando se estrenó la última aventura del héroe, Indiana
Jones y la última cruzada, y para ellos los héroes del cine son los chavales lánguidos como Orlando
Bloom. Eso que llevan perdido.
Cómo pasa el tiempo, Cristóbal, pero, por muchos años que pasen, los aguafiestas siguen dando la tabarra. Ya he leído en algún periódico las
opiniones de algunos arqueólogos o supuestos entendidos en reliquias perdidas, unos señores muy listos que dicen que las historias de Indiana
Jones son tan reales
como una película de ciencia ficción. ¿Y qué? Es la magia que tiene el cine, querido amigo, y una vez que aceptamos la apuesta nos da igual que sea verdad o mentira, y lo que queremos es disfrutar: reliquias perdidas, persecuciones kilométricas en la selva y buen humor por toneladas. Ir a ver la última película de Indiana
Jones es como sentarte otra vez en el sillón de tu casa,
veintitantos años atrás, para ver las películas de los sábados por la tarde, cuando sólo había dos cadenas y la
tele todavía servía para aprender cosas, o para disfrutar solamente. No hay vuelta de hoja: o lo tomas o lo dejas. Y el amigo Indiana
Jones lleva cerca de treinta años
haciéndome disfrutar y sonreír en la butaca de una cine. Tal vez sea
Harrison Ford el último de los héroes clásicos que nos quedan, querido amigo, porque el cine, el cine de aventuras, como casi todo, ya no es lo que era. Por eso me alegro mucho, querido Cristóbal, de que mi sobrina de once años haya venido a ver la película conmigo: ayer se lo pasó en grande viendo a un tipo con edad de ser su abuelo aguantando el tipo en la pantalla. Qué quieres que te diga: no me imagino yo
Orlando Bloom dando latigazos ni buscando reliquias perdidas cuando llegue a los sesenta y cinco.
© Andrés
Pérez Domínguez, mayo de 2008
Comentarios