Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El nuevo inquilino del Despacho Oval

Cristóbal, este mes de noviembre ha traído dos cosas que yo llevaba mucho tiempo esperando: el frío, menos mal, conque ya puedo ponerme una buena cazadora y darme un paseo mientras el aire me hiela la cara, y un nuevo inquilino en la Casa Blanca. No es que la llegada de Obama me vaya a reducir el recibo de la luz o que cuando llene el depósito del coche vaya a tener que pagar la mitad, qué va. Ni siquiera me va a costar menos dinero la comida de Navidad -ya sabes: antes pavo, luego conejo, y este año no quiero ni pensarlo- o mis novelas se van a convertir de la noche a la mañana en eso que los entendidos llaman best sellers internacionales. Pero el caso es que aunque a la postre tal vez Obama no sea más que el mismo perro pero con distinto collar, hacía falta un soplo de aire fresco en la Casa Blanca. Creo que es la primera vez, Cristóbal, en que la gente, ganase el candidato republicano o el demócrata, iba a mirar el futuro con ilusión porque lo que más importa no es quien se va a sentar a partir de ahora en el despacho oval, sino quien a partir de enero ya no se va a volver a sentar jamás. El martes pasado me pilló en Bilbao, y entre entrevista y entrevista era inevitable no hablar de las elecciones norteamericanas. Qué curioso, fíjate, porque hace cuatro años por estas fechas yo también andaba de promoción -entonces era La clave Pinner- en Barcelona, y el desánimo ante la nueva victoria de Bush, y sobre todo por una diferencia tan grande, nos había cogido con el paso cambiado. A uno le gustaría que los presidentes de los Estados Unidos fueran como Martin Sheen en El ala oeste, y que sus colaboradores fuesen gente tan preocupada por los males del mundo como los suyos, pero esto, querido amigo, por desgracia pertenece al ámbito de la ficción. A los que vivimos en el mundo real no nos queda otra que sentarnos, cruzar los dedos, y esperar.
PD: cuando escribí este artículo aún no había escuchado el discurso de John MacCaine. Ahora estoy seguro de que las palabras del candidato republicano se merecen otro artículo. Fueron un ejemplo de lo que deben ser una unas elecciones, del significado de la democracia. Pienso en lo que ocurre por aquí muchas veces cuando hay elecciones y me daría risa si no me diera pena antes. Nos queda mucho que aprender, y un largo trecho por recorrer todavía. Yo, como mucha gente, prefería que ganase Obama -aunque ya veremos cómo resulta como presidente-, pero me da la sensación de que John MacCaine es un buen hombre, y eso es un valor muy grande en un político. Sin el precedente de los ocho años de oscuridad del gobierno de Bush no creo que la diferencia entre Obama y MacCaine hubiera sido tan grande.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2008

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