No sé si las adicciones debe uno confesarlas públicamente, pero yo enseguida me engancho a una serie de televisión. Me basta con ver un capítulo, o tal vez dos, para que me pique la curiosidad sobre las vidas de los personajes, cómo se relacionan entre ellos, qué les va a pasar. Para quedar como un pedante puedo decir que lo que me pasa se llama deformación profesional, pero es que, hasta donde la memoria me alcanza, para mí siempre ha sido como si la realidad bailase agarrada con la ficción, inseparables, que lo que pasa en la pantalla me resulte tan cercano como lo sucede al otro lado de la ventana del salón. Con los libros es lo mismo, pero no es de eso de lo que quiero hablar hoy.
Cualquiera que me conozca un poco sabe que cuando hablo de una película que me ha gustado, enseguida se me iluminan los ojos, y que, si contengo mi entusiasmo, es para que no piensen que he perdido la razón y estoy tan confundido que siento que los personajes de los que hablo son tan de carne y hueso como yo mismo.
Sigo yendo al cine, pero me parece que lo mejor de la ficción se puede ver ahora mismo en la tele. Series de diez o de veintitantos episodios. Actores formidables que antes no querían trabajar en la tele y ahora derrochan su talento en folletines fabricados con medios de lujo.

Folletines, sí. Porque las series, las que me gustan, se me antojan como esos novelones gordos que uno nunca quiere que se terminen: las dos temporadas de
Roma, donde mejor me han contado el asesinato de Julio César. La despiadada Glenn Close en
Daños y perjuicios: no me daba tanto miedo desde
Atracción fatal, veinte años han pasado, y ahora no lleva cuchillo.

El megalómano Enrique VIII que compone Jonathan Rhys Meyers en
Los Tudor, que nos ha hecho olvidar al rey gordinflón que retrató Holbein.

La paranoia que se gastan los guionistas de
Perdidos. Incluso con tantas vueltas de tuerca y flecos sin resolver, me tiene enganchado. Es como si otra vez volviese a leer las novelas de Julio Verne. Por cierto, no me contéis nada, que sólo he visto las dos primeras temporadas.

O
Héroes, la última que he visto, y que me ha hecho disfrutar tanto como cuando de niño devoraba los tebeos de superhéroes. Sólo he visto la primera temporada, así que no me la destripéis, por favor.

Ya digo: no sé si será deformación profesional o no. Me da igual. Ya lo he dicho antes: la realidad y la ficción se me confunden, y tal vez yo no exista, o a lo mejor lo que soy es un personaje de esas series que me gustan tanto. Al fin y al cabo, yo no soy de esos escritores que dicen que desde niño querían dedicarse a la Literatura. Yo, lo que quería ser de chaval, era un héroe de los tebeos o de las novelas que leía, uno de esos tipos que veía en la tele y me gustaban tanto.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2009
Comentarios
Abrazos
Pues a mí me gusta cualquier serie que me cuente algo interesante, Diego. Sí que había buenos escritores detrás de esas películas. John Huston, sin ir más lejos, empezó como guionista.
Abrazos a todos,
Un abrazo.
Lo de La clave Pinner es para mear y no echar gota, como decía hace poco en el blog. Pero bueno, si uno busca, al final acaba encontrándola.
Para encontrar El centro de la Tierra, lo mejor es meterse en la web de Paréntesis editorial (www.parentesiseditorial.com) y mirar los puntos de venta. No es la primera vez que me escribe un lector (o que quiere serlo) y me cuenta que no puede encontrar El centro de la Tierra. Yo ya lo he comentado en la editorial varias veces. Si lo pides, te lo mandan, pero claro, no es lo mismo que verlo en una pila de libros. Pero bueno, un escritor, una vez que publica su libro, sólo puede rendir cuentas sobre el contenido. Gajes del oficio...
Si alguien tiene problema para encontrar mis libros, por favor, que no dude decírmelo.
Un abrazo y gracias de nuevo.
un abrazo
Un abrazo,