Obamanóbel
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Ya lo he dicho hasta la saciedad. Soy un ignorante, porque, cada octubre, cuando se falla el Premio Nobel de Literatura, nunca antes en mi vida he escuchado hablar del escritor que lo gana (este año, escritora, por si la ministra Aído, cual Gran Hermano ―el de Orwell, que nadie se confunda―, me vigila). Los amigos me suelen preguntar: oye, Andrés, seguro que tú has leído algo del autor premiado este año. Pero yo me encojo de hombros, como si no fuera conmigo. Hasta ayer no había escuchado nunca el nombre de Herta Müller (y eso que uno de los protagonistas de El violinista de Mauthausen se apellida igual que ella), lo confieso, y lo mismo me había pasado con Le Clézio, o con Naipaul. Y no sigo, porque tampoco quiero quedar por más ignorante de lo que soy.
Pero si los suecos han querido dar el triple salto mortal de la extravagancia lo han conseguido esta mañana con el Nobel de la Paz para Barack Obama. No digo yo que este hombre no llegue algún día a merecer el premio, y de verdad que lo deseo por el bien de todos, pero la sensación que me queda es que en Estocolmo se usa la misma vara de medir que en demasiados colegios, donde los alumnos pasan de curso sin haber aprobado las asignaturas. O es que a lo mejor en Suecia también piensan que en Afganistán no hay guerra. El problema de darle el Nobel de la Paz a un presidente que apenas lleva diez meses en el cargo no es que todavía no haya hecho méritos suficientes, sino que aún tiene mucho tiempo por delante para meter la pata. Tal vez los suecos hayan querido señalarle el camino al presidente de Estados Unidos, y la verdad es que no se lo han puesto fácil. Y a Barack Obama todavía le quedan más de tres años (u ocho, si las cosas le ruedan bien) para convencernos de que se merece el premio. Eso sí, hasta ahora, en su currículum hay dos hechos innegables que marcan su existencia, y no sé si alguna de las dos habrá inclinado la balanza a su favor en la lotería de Estocolmo: haber sido el primer hombre color café con leche que se sienta en el Despacho Oval, y ser capaz de aguantar la sonrisa cuando se fotografió con las hijas de Zapatero.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2009
Comentarios
En cuanto a Obama, qué quieres que piense. Si se lo dan porque es negro y muy guay, y después del varapalo de lo de Chicago, pues vale... Es el hombre de moda de la ramplonería mundial.
A mí no me da vergüenza reconocer que jamás he oído hablar de los escritores que ganan el Nobel de Literatura últimamente. En la vida lo mejor es decir la verdad, o callarte. Pero nunca mentir. No sé si te acuerdas, pero, el año pasado, me llamaste para comentarme algo sobre un libro que te había encargado sobre Mauthausen, y me comentaste que Le Clézio había ganado el Nobel. Yo estaba con varios escritores: les di la noticia, pensando que me iban a correr a gorrazos porque lo primero que dije fue que no sabía quién era. Pero es que ellos tampoco.
Un abrazo,
Se me ocurren por lo menos diez nombres merecedores del Nobel de la paz antes que Obama, gente que lleva muchos años trabajando a pie de obra, en confines del mundo donde ninguno de nosostros entraríamos. Pero esa gente no está ahí ni para figurar ni para salir en la foto. En el fondo, también en Estocolmo es todo política.
Y por cierto, ¿tenemos apuestas sobre el Planeta de este año? Seguro que ese ganador/a sí que lo conoce todo dios.
Abrazos
Tampoco descarto a Matilde Asensi, que lleva un tiempo sin publicar y de quien sé que andaba por el Archivo de Indias documentándose para una novela.
Pronto saldremos de dudas.