A Mauthausen con la prensa (II, La maleta de Matellanes)
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En el vuelo de Barcelona a Viena todavía no conozco las caras de todos los periodistas a los que me han presentado en el Prat. Estamos desperdigados por el avión. Maribel y yo vamos en la parte de atrás. Son un poco más de dos horas de vuelo. Para comer nos dan un sándwich que más bien parece la mitad de un sándwich, y cuando me lo zampo me levanto para estirar las piernas. Dejo en el asiento un libro que estoy leyendo para documentarme sobre un proyecto de novela que tengo en la cabeza y avanzo por el pasillo. Cada vez que salgo de viaje lo que más pesa en mi equipaje son los libros. Suelo llevar dos o tres, por si acaso. No soporto quedarme tirado en un aeropuerto sin tener un libro en las manos, o que me tenga que quedar más tiempo del que había pensado en algún sitio y quedarme sin lectura. Luego siempre me falta tiempo para leer lo que me llevo de viaje, per
o me reconforta verlos en mi maleta. Parece que a la gente que viaja a Viena también le gusta leer. A mitad del pasillo me detengo, con el ceño fruncido, como si por culpa de las alturas o por haberme levantado tan temprano estuviera viendo visiones. El libro que leen los pasajeros es El violinista de Mauthausen.
Enseguida caigo: son los periodistas, que están haciendo los deberes durante el vuelo. La novela acaba de salir y se está distribuyendo. La deben de haber recibido hace poco. Ni siquiera yo, cuando he salido de viaje para A
ustria, tengo unos cuantos libros para mis amigos. Pero prefiero que los tenga la Prensa.
Apenas pasa media hora de las cuatro de la tarde cuando aterrizamos en Viena, pero ya es noche cerrada. Hace frío, pero no es grave. A mí me gusta. Apenas hace un par semanas me estaba bañando en el Atlántico, pero ya tenía ganas de sentir el aire frío, de ponerme una cazadora que abrigue, las botas de patearme ciudades cuando salgo de viaje, los guantes, los calcetines gruesos, la bufanda, un gorro de lana.
Recogemos las maletas en la cinta, y entonces miro a mi editor. Cuando lo vi en Barcelona pensé que la falta de sueño me estaba jugando una mala pasada. Esa maleta no podía ser suya. Miguel Ángel Matellanes, el director de Algaida, el mejor de todos los editores con los que he publicado, el hombre al que muchos escritores están deseando conocer, no puede haber venido a Austria con una maleta como esa Se lo pregunto: Miguel Ángel, ¿de verdad es tuya la maleta?. Responde que no, y me cuenta una historia sobre que no le cabían las botas en la suya. En fin. Espero no espantar a los escritores talentosos que leen este blog y quieren publicar en Algaida…
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Comentarios
¿La maleta? Pues verás cuando ponga la foto que le hice con un gorro que llevaba...
Un abrazo,
El compañero de mi trabajo al que he enganchado a la obra de Andrés Pérez Domínguez se metió ayer, entre pecho y espalda, 150 páginas del Violinista. Tiene mucho mérito en su caso, Andrés: apenas ve, tiene que hacerlo prácticamente pegándose el libro a la nariz (no exagero). El libro, definitivamente, engancha.
Un fuerte abrazo.
Un abrazo,
Un abrazo.