A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
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Una novela muy grande
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Eso es lo que dice Anika Lillo, Anika entre libros, en su web. Copio por aquí sus palabras, y le mando beso, muy grande también.
En el holocausto murieron alrededor de 7.500 españoles, republicanos que lucharon en la Guerra Civil y que sobrevivieron exiliados en Francia en campos de refugiados, y con la entrada de los alemanes estos hombres y mujeres terminaron encerrados en campos de concentración, exterminio y/o trabajos forzados, entre ellos Mauthausen. Estamos muy acostumbrados a oír hablar del holocausto judío, de vez en cuando tenemos noticias de esas otras víctimas del nazismo, o ambientan las novelas en otros países (en Austria, en Polonia, en Francia…) pero en esta ocasión Andrés Pérez Domínguez rescata a los grandes olvidados del holocausto y les da un espacio en la memoria, un espacio que merecen porque también fueron víctimas inocentes de la locura y barbarie nazi. Francia, Berlín, Austria, España y, directamente, Mauthausen, son los lugares por los que viajamos con Rubén Castro, su prometida, Anna Cavour, el espía Robert Bishop y el alemán Franz Müller.
El violinista de Mauthausen es una novela de amor, drama, pasiones, traiciones, tremendamente humana y sentimental, intimista, real y cruel, tristísima y GRANDE. Muy grande. Narrada de forma intimista, desvelándonos en ocasiones los pensamientos más profundos de sus cuatro protagonistas, entramos en un mundo de espionaje, chantajes, intereses norteamericanos y rusos sobre los científicos del régimen nazi, y la humillante, horrorosa y maltratada vida –si se le puede llamar vida a esa situación- de los presos en Mauthausen. Pero sobre todo nos adentramos en sus corazones y sufrimos con ellos. Escenas como la del vagón del tren hacen que salte un resorte en lo más interno de ti y vivas con profunda emoción lo que OCURRIÓ hace no tanto tiempo. Te remueve por dentro y por fuera, no sólo por lo que te cuenta, si no por cómo te lo cuenta. ¿Alguna vez has observado fotografías de las víctimas de Mauthausen? Cuando ves esas pieles pegadas a los esqueletos, no puedes creer que estuvieran vivos. Es imposible, los ojos lo ven pero el cerebro no puede creerlo. Pero ocurrió, y hubo gente como Rubén que fue perdiendo kilos y salud, pero también los hubo que perdieron la vida, o la necesaria sensación de saberse personas, o directamente dejaron de pensar porque eso significaba sufrir todavía más. Con cualquiera de esas escenas a mí, como ser humano, me saltan las lágrimas. Ves esos ojos vacíos, donde no cabe ya la esperanza ni la vida siquiera… Se te hace un nudo en la garganta. Pero ¿y El violinista de Mauthausen? ¿Lo consigue también? Sí, esta novela te llega al corazón, a lo más hondo, y habrá a quien se le salten las lágrimas en alguna ocasión (a mí desde luego me ha sucedido) porque cuando la lees no te alejas de ella, si no que entras de golpe y ya no sales hasta que termina. Y entras en la tristeza más absoluta, porque el autor es capaz de hacerte entrar y, algo que no consigue cualquiera, que te quedes. Y a mí que no me digan que el tema del holocausto está trillado. El violinista de Mauthausen es una gran novela, una a recomendar, de las buenas, de las de “verdad”, de esas que homenajean, se viven, se sufren, se agradecen, en las que te implicas y en cambio no decides porque tú quieres saber cómo terminará a pesar de no tener muchas esperanzas en un final feliz, de esas que recordarás por escenas como las del vagón, o cuando Rubén escucha el violín desde la cantera, o bajo la visión del violinista ves a un republicano español con la foto de su prometida en las manos pero agachado, sin atreverse a ponerse en pie, o cuando ves a esa mujer abrazar a ese hombre y de pronto ella se da cuenta de que él también está llorando… son escenas para no olvidar jamás porque hubo otros Rubén Castro, otras Anna Cavour y otros Franz Müller que merecen nuestro respeto, nuestro recuerdo y nuestro homenaje.
Un premio, el Ateneo de Novela de Sevilla, bien merecido.
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
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