¿Holganza?
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No puedo evitar cuando llega el fin de semana acordarme de que durante muchos años he tenido que trabajar los sábados por la mañana, y a menudo los domingos, en otros menesteres que nada tienen que ver con la Literatura, de cuánto echaba de menos las tardes del viernes de mi infancia, el mejor momento de la semana, con la única perspectiva de no tener nada más que hacer hasta el lunes que montarme en la bicicleta, ver alguna película en la tele si no era de dos rombos o leer los tebeos que mi padre me traía puntualmente cada viernes. 
Ahora, que aunque hago otras muchas cosas mi principal ocupación es la Literatura, a no ser que tenga algún trabajo pendiente o un encargo ineludible, lo que sucede más veces de las que me gustaría, procuro no escribir los fines de semana, recobrar aquella sensación perdida de felicidad, hace tantos años, pensar en el viernes por la tarde, el sábado y el domingo como los momentos perfectos para dedicarlos a la holganza más absoluta. Creo que a bastantes lectores puede resultar extraño, incluso decepcionante, que el trabajo de un escritor sea más parecido al de un oficinista aburrido que al de un cazador valiente que se adentra en la selva africana con un rifle para cazar elefantes. Que aunque en tu novela sucedan aventuras, tragedias o romances, a menudo has escrito esos pasajes abrigado junto a una estufa o enfundado en tu pijama, y que cuando has apagado el ordenador la mayoría de las veces has tenido que ir a la compra, al banco, a la oficina de Correos, llevar el coche al taller o hacer cola en el supermercado, como la mayoría de la gente.
No sé qué harán otros escritores, pero yo necesito acogerme a una rutina bastante estricta para que mi vida personal y el oficio de escritor no se conviertan en un caos. Escribir, con las características propias o la parte de arte que le queramos adjudicar, al final no es más que un oficio, un trabajo al que hay que echarle unas cuantas horas cada día hasta que al final acabe saliéndote algo digno, si es que sale. Yo procuro escribir por las mañanas y un poco por la tarde también, de lunes a viernes. Y desde el viernes por la tarde me obligo a hacer otras cosas que no tengan mucho que ver con lo literario. Entonces, se preguntarán ustedes, qué hago colgando esta entrada en mi blog un sábado. Será que no puedo dejar de escribir, de contarme cosas a mí mismo y a la vez contárselas a los demás. 
De niño, un profesor acostumbraba a decirnos en el colegio que se descansaba cambiando de tema. Cuando llevas muchos meses arremangado con una novela resulta bastante liberador poder escribir un texto a vuelapluma, una reflexión en la que no haya diálogos ni personajes o la urgencia de una trama que aún tardará mucho en resolverse. Tres décadas después, recuerdo las palabras de aquel cura de los Maristas como una verdad inmutable, una premonición exacta que el tiempo ha terminado demostrándome.
© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010
Comentarios
Muchos saludos,amigo.
Un saludo
Ana E.
Toda la razón sobre el viernes, que yo he disfrutado cuando salía de clase.Ahora obligo a mi hijo a que haga los deberes para que pueda disfrutar el sábado y domingo entero.
De todas formas, creo que si alguna idea te ronda en la cabeza, aunque sea en un fin de semana se pone uno a escribir algunos apuntes para trabajarlo con intensidad, el lunes.
Un abrazo.
Es la primera vez que visito esta página pero prometo repetir.
Invito a entrar en mi humilde blog de cuentos de adultos.
juliocienfuegos.blogspot.com
Paco, ya me dirás dónde publicas las novela esa. Enhorabuena.
Abrazos,