La crisis de la ira
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Mientras tanto los otros, los que antes mandaban, en lugar de dar soluciones parece que prefieran frotarse las manos mientras esperan a que les llegue el turno, como el equipo de fútbol que sabe que para ganar la eliminatoria le basta con aguantar el balón hasta que el árbitro pite el final del partido. Y entre ellos, entre los que mandan ahora y antes no mandaban y los que antes mandaban y ahora no mandan, la gente de la calle, como ustedes, como yo mismo, sentados en la grada esperando que el partido, aburrido y sin goles, acabe de una vez. 
La cosa está muy mal, y me da la sensación de que todavía se tiene que poner peor. No me creo lo de los brotes verdes ni ninguna fecha en la que algunos iluminados atrevidos se aventuran a vaticinar como la del final de la crisis. Y a lo mejor es que esto ni siquiera es la crisis, sino algo que a la mayoría les da miedo reconocer: puede que esta sea la realidad, lo normal, aunque nos cueste aceptarlo, y todo lo que hemos vivido hasta ahora no haya sido más que un espejismo. Es tan triste de ver como de aceptar. Viajar por España y en los mejores sitios de cualquier ciudad encontrar las fachadas de los edificios y los locales adornadas con carteles enormes que anuncian traspasos, ofertas o urgencias de venta, como las ruinas de un pasado glorioso que parece que jamás volverá a ser igual.
Cuando estoy escribiendo acostumbro a leer novelas que no tengan nada que ver con mi trabajo, para distanciarme, porque me oxigena. No sé. Estoy estos días con Steinbeck y Las uvas de la ira. Qué curioso y qué admiración me produce leer una novela escrita hace más de setenta años, por un escritor norteamericano, que sucede en un lugar tan alejado de mi país, y que cada página me haga pensar que la historia de Tom Joad y su familia, la de todas las familias a las que la Gran Depresión empujó desde los campos de Oklahoma hasta el falso sueño de California ―los sueños acostumbran a ser falsos o son espejismos cuando uno está desesperado―, sea tan parecida a la de mucha gente ahora.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011
Comentarios
Me alegra enormemente que hayas hablado en este comentario del maravilloso libro de "las uvas de la ira",casualmente yo lo leí el pasado verano,y me dejó el cuerpo igual que a tí,o mejor dicho me dejó la mente ocupada pensando y comparando,como tú,en la situación que sufrió la familia protagonista del libro con las muchas que hoy en día están sufriendo cosas parecidas por culpa de la crisis.Tengo que confesarte que en algunos capítulos no pude evitar sentirme emocionada al ver las injusticias que algunas personas tienen que tragarse,y todo por ser pobres y no poder decir,esto no y no,ains,poderoso don dinero que todo lo puede...
Yo sí espero que esto se solucione,tengo confianza,pero pienso también que el pueblo debe moverse y quitar de en medio a los actuales representantes políticos,que a la vista está que no sirven para nada......ya lo dijo aquél,renovarse o morir....
Un besito.
Todos, yo incluído, leemos y pensamos esto, pero no hacemos nada.
Nos hace falta una iniciativa, tal vez del estilo de Democracia YA, que he descubierto esta tarde en el Face. No sé, está en nosotros hacer algo más que quejarnos y sentarnos a esperar.
Francisco
www.momentosdelavidadeunfauno.blogspot.com
No quiero darte la lata cuando ni siquiera te he saludado.Vengo del blog de Pato y la foto ceñuda de Ansar me trajo hasta aquí.Un saludo***
Abrazos para todos,