Por fin ya es lunes
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No suelo escribir los sábados ni los domingos. Es una costumbre que me impongo para apartarme saludablemente del mundo imaginario que habito durante muchas horas de lunes a viernes, y a no ser que esté de viaje o tenga algún compromiso que me impida inclinarne sobre mis cuadernos entre semana, los sábados y los domingos dejo a un lado la ficción. Reconozco que a veces es un alivio llegar al final de la semana y plegar velas hasta el lunes, pero otras veces, cuando te levantas el sábado o el domingo te sientes raro, y a veces tienes que luchar contra la tentación de sentarte en el despacho a jugar a “imaginemos que...”. 
Este fin de semana ha sido uno de esos. Pasado mañana hará un año exacto que empecé a escribir mi última novela, y, arremangado hasta los codos con el último capítulo que estoy, si no hay una catástrofe por medio -crucemos los dedos-, estará terminada, en bruto, para el próximo viernes, o quizá para el lunes o el martes de la semana siguiente. Luego aún quedará mucho trabajo por delante -aunque corregir, pulir o zurcir párrafos cuando has llegado al final de la historia me relaja bastante-, pero estar a punto de concluir una novela en la que has habitado casi a diario durante los últimos doce meses termina empujándote a cambiar tus costumbres, como una tentación incómoda para alguien que cree a pies juntillas en la disciplina. Por eso ayer y hoy me ha costado mucho no sentarme para avanzar un poco en la conclusión de mi novela. Me paro a pensarlo y no estoy seguro de si por un lado me resisto a esperar unos cuantos días más para escribir el final, mientras por otro me sucede exactamente lo contrario, y lo que no quiero es dejar de convivir con unos personajes que llevan tanto tiempo haciéndome compañía.
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© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011
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Abrazos,