Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

¿Ficción?

“Estaba allí sentado y me dice: Esos malditos campamentos del gobierno. Les das agua caliente y la gente quiere agua caliente. Si les das retretes también los querrán. Dales a esos okies cosas y querrán todo. En esos campamentos hacen reuniones de rojos. Planean cómo conseguir los subsidios.

Huston preguntó:

―¿Nadie le atizó?

―No. Había un tipo pequeño que le preguntó, ¿qué es eso de los subsidios?

―Subsidios, lo que los contribuyentes pagamos y os lleváis vosotros, malditos okies.

―Nosotros pagamos impuestos en lo que compramos, en la gasolina y el tabaco, dice el pequeño. Y dijo: A los granjeros les da cuatro centavos por libra de algodón el gobierno. ¿No es eso subsidio? ¿Y no tienen subsidio las compañías de ferrocarril y transportes?

―Esos hacen cosas que hay que hacer ―dice el ayudante.

―Bueno ―dice el otro―, ¿cómo se iban a recoger las cosechas si no fuera por nosotros? ―el hombre rechoncho miró a su alrededor.

―¿Qué dijo el ayudante? ―preguntó Huston.

―Se puso furioso. Y dijo: malditos rojos, todo el día causando agitación. Mejor será que vengas conmigo. Así que se llevó al hombre y le echaron sesenta días por vagancia.

―¿Cómo hicieron eso si tenía trabajo? ―preguntó Timothy Wallace.

El hombre rechoncho se echó a reír.

―Ya lo sabes ―dijo―. Sabes que un vago es cualquiera que no le cae bien a un policía. Y por eso odian este campamento. La policía no puede entrar. Esto es los Estados Unidos, no California.”

John Steinbeck, Las uvas de la ira.

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© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2011

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Hay realidades ficcionables que se repiten como los chorizos.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Como la vida misma. Un abrazo,

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