Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

¿Ficción?

“Estaba allí sentado y me dice: Esos malditos campamentos del gobierno. Les das agua caliente y la gente quiere agua caliente. Si les das retretes también los querrán. Dales a esos okies cosas y querrán todo. En esos campamentos hacen reuniones de rojos. Planean cómo conseguir los subsidios.

Huston preguntó:

―¿Nadie le atizó?

―No. Había un tipo pequeño que le preguntó, ¿qué es eso de los subsidios?

―Subsidios, lo que los contribuyentes pagamos y os lleváis vosotros, malditos okies.

―Nosotros pagamos impuestos en lo que compramos, en la gasolina y el tabaco, dice el pequeño. Y dijo: A los granjeros les da cuatro centavos por libra de algodón el gobierno. ¿No es eso subsidio? ¿Y no tienen subsidio las compañías de ferrocarril y transportes?

―Esos hacen cosas que hay que hacer ―dice el ayudante.

―Bueno ―dice el otro―, ¿cómo se iban a recoger las cosechas si no fuera por nosotros? ―el hombre rechoncho miró a su alrededor.

―¿Qué dijo el ayudante? ―preguntó Huston.

―Se puso furioso. Y dijo: malditos rojos, todo el día causando agitación. Mejor será que vengas conmigo. Así que se llevó al hombre y le echaron sesenta días por vagancia.

―¿Cómo hicieron eso si tenía trabajo? ―preguntó Timothy Wallace.

El hombre rechoncho se echó a reír.

―Ya lo sabes ―dijo―. Sabes que un vago es cualquiera que no le cae bien a un policía. Y por eso odian este campamento. La policía no puede entrar. Esto es los Estados Unidos, no California.”

John Steinbeck, Las uvas de la ira.

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© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2011

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Hay realidades ficcionables que se repiten como los chorizos.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Como la vida misma. Un abrazo,

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