Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Los buenos y los malos

La primera vez que supe de Gadaffi fue gracias a la Literatura, a los catorce años. En El quinto jinete, la novela de Dominique Lapierre y Larry Collins, un terrorista enviado por el líder libio había colocado una bomba atómica en Manhattan. Recuerdo haber disfrutado mucho de la lectura de aquella novela en la que Gadaffi, sin duda, era el malo. Dos años después, una mañana de primavera, me enteré de que los aviones del presidente Reagan habían atacado el palacio del libio en Trípoli. Y es que Gadaffi era malo, malísimo. Tanto, que dos años después se encargó de que hicieran explotar un avión con cerca de trescientos pasajeros que sobrevolaba Escocia. Luego le perdí la pista, por aburrimiento o porque me interesaron otras cosas, y con el tiempo el malo había dejado de serlo. Los políticos europeos no le hacían ascos a fotografiarse con él cuando viajaba al norte con aquella lujosa jaima de beduino rico y su cohorte de vírgenes. Ya no era tan malo, parecía. Podría decirse incluso que era bueno. Un amigo extravagante de Occidente, dijo Aznar hace poco.

Pero las fotos y las hemerotecas no son más que papel mojado, parece.

Este año Gadaffi ha vuelto a ser el malo, y como la OTAN se ha pasado meses bombardeando Libia hasta que los milicianos lo han finiquitado de un tiro en la sien después de sacarlo a rastras de una tubería, me doy cuenta de que cada vez me entero menos de lo que está pasando en el mundo. Cómo puede uno ser primero un enemigo y luego un amigo si nunca ha dejado de ser un tirano. Yo ya no sé dónde están los malos y dónde los buenos.

Con el cese de la actividad armada de ETA me pasa lo mismo. Para mí es una buena noticia, aunque no se haya producido de la manera que muchos esperaban.



Eso suele ocurrir: las cosas nunca se resuelven exactamente como uno imaginaba. Al menos que se resuelvan ya es algo. Pero leía esta semana algunos periódicos y parecía que el anuncio de ETA era una tragedia.

Ya digo. Me estaré haciendo viejo y acercándome a la sabiduría, porque cada día que pasa me doy cuenta de que no sé nada.

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© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2011

Comentarios

Francisco Cerén ha dicho que…
Total acuerdo, hasta resulta obvio nuestra perplejidad, en lo de Gadafi. Respecto a lo de ETA, sí que me gustaría saber qué pasa, por qué ocurre esto. ¿Es la derecha que viene y no se apuntará el tanto? ¿Será que es cierto que el terrorismo es un gran tema político y se quedan sin él? ¿O es sólo una sana y natural desconfianza a lo que estos asesinos digan?
Comparto sobre todo esa sensación de que para muchos, según pasan los años sienten que saben más, mientras que a mí todo me parece más y más extraño.
Un saludo.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Pues sí, Francisco. Yo también me he dado cuenta de que cada vez entiendo menos las cosas. Queda el consuelo de estar acercándose a la sabiduría.
Un abrazo,

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