El mapa del cielo
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Ya he hablado aquí en alguna otra ocasión de Félix J. Palma, pero cada vez siento más pudor cuando escribo su nombre en mi bitácora porque, a medida que a uno lo acaricia la brisa agradable y esquiva del éxito (me refiero a Félix, por si alguien piensa lo contrario), los amigos parecen brotar de todas partes, como si llevasen años escondidos en unas vainas esperando que llegase la invasión marciana. Pero bueno, Félix J. Palma y yo nos conocemos desde hace muchos años, cuando los dos teníamos rizos y cada mes cotejábamos generosamente nuestras bases de datos de premios literarios para completar los que nos faltaban.

La metáfora de la invasión marciana del párrafo anterior no es gratuita. Recién acabada de leer El mapa del cielo esta mañana luminosa de sábado, no se me ocurre otra mejor. O no procede siquiera. Ando estos días terminando de pulir mi próxima novela que se publicará en octubre, y en estas circunstancias, lo peor que se le puede pedir a un escritor es que se anime a leer otra novela que no sea la suya. Con gran pesar tuve que renunciar hace poco a presentar el último libro de un escritor al que admiro mucho. Me encantaría, dije a quien hizo de intermediario entre ese escritor y yo. Pero ando tan escaso de tiempo que no puedo leer otra novela que no sea en la que estoy trabajando, y considero una falta de respeto presentar la novela de un colega (un colega por el que siento una gran admiración, insisto) sin haberla leído. Pero tal vez porque la novela de Félix ha llegado a mis manos casi un mes después de declinar aquella oferta de presentación y ahora tengo más claro que voy a poder cumplir con los plazos que yo mismo me he impuesto, El mapa del cielo me ha acompañado en la mayoría de mis ratos libres esta semana: por las tardes, cuando ya había cumplido con mi trabajo; en el coche, para aprovechar el tiempo muerto mientras llega la hora de acudir a una cita; cada noche antes de quedarme dormido.

740 páginas en las que Félix consigue el más difícil todavía: dar una vuelta de tuerca e ir más allá de El mapa del tiempo. Los que leyeron aquella novela estarán de acuerdo en que no se trataba de una empresa fácil. Vuelve la fantasía. Vuelve la sorpresa y la imaginación oceánica de un escritor despojado de complejos con el admirable empeño de hacer disfrutar al lector. De la Antártida a Londres. De Marte a la Tierra. De Poe a H. G. Wells. No sé si en alguna reseña alguien habrá escrito ya que H. G. Wells estaría orgulloso de leer las novelas de Félix J. Palma. Se equivocarían. Seguro. Yo creo que se moriría de envidia.
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© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2012
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Abrazos,