Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La democratización de la pobreza

Leo hoy en el periódico que la idea que tenemos de los pobres está cambiando. Quizá ya no sean sólo los desharrapados que procuramos no ver cuando vamos por la calle, tirados en un portal o envueltos malamente en cartones dentro del cubículo helado de un cajero automático. La pobreza ahora es menos llamativa porque se está democratizando y amenaza por igual al que no tiene trabajo que a quien gana una miseria insuficiente para pagar la hipoteca y el supermercado. Por eso da tanta pena cuando alguien llama al timbre para pedirte un poco de comida. No tiene la pinta que uno espera, pero mientras más tiempo pasas dudando si te dice la verdad hasta que decides meter en una bolsa unas latas, pan y algo de leche, más ruin acabas sintiéndote.

Te preguntas si tú también tendrías lo que hay que tener para ir pidiendo casa por casa si llegara el caso. Te preguntas si, tal y como están las cosas algún día, podría llegar el caso de tener que torear en esa plaza. Porque en la vida nunca hay que dar nada por supuesto. Quizá sea la lección más importante que uno aprende con el tiempo. La lección más sencilla pero también la más difícil.
Pero nunca aprendemos. Todas las tardes procuro leer un rato, sobre todo en invierno, y ahora ando enganchado a un ensayo fantástico sobre los asuntos económicos desde la Primera Guerra Mundial hasta los años treinta, Gran Depresión incluida, por supuesto (si alguien tiene interés le dejo las coordenadas: Los señores de las finanzas, de Liaquat Ahmed. Premio Pulitzer 2010. Editorial Deusto).

Da miedo pensar lo estúpidos, vanidosos, arrogantes, torpes y prepotentes que pueden llegar a ser quienes manejan nuestro dinero. Leo sobre el mundo de hace más de ochenta años y se parece tanto al de ahora que no puedo sino enfadarme: tanto hablar, tantos viajes y reuniones entre ministros, secretarios y asesores para al final vuelta a empezar. Terminas no quieriendo ver el telediario para no deprimirte con las cifras del paro. Poco falta para asomarte a la ventana preguntándote si la próxima vez que alguien tenga hambre no llamará al timbre para pedirte una botella de leche y la robará directamente. Y lo raro, o no tanto, es que acabes pensando que si tú estuvieras en su lugar a lo mejor tendrías que hacer lo mismo.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2012

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