
No crecí leyendo a Cortázar,
ni a Borges, ni a García Márquez. Lo escribo y no es una disculpa ni una
jactancia. Tardé un poco más en leer a estos tres autores que cito, y en todos
ellos, y en muchos más, he encontrado cosas muy apreciables. Otros se jactan de
haberse bebido a estos tres y a muchos otros y además desprecian sin pudor las
novelas en las que pasan cosas con la excusa de que aparecen nazis o espías sin
haber dedicado un momento a leerlas aunque luego escriban sobre ellas para destrozarlas.
Me encojo de hombros. Que, por otra parte, es un ejercicio estupendo. Yo de
niño leía a Stevenson, a Dumas, a Salgari, y antes de convertirme en
adolescente ya había descubierto a Le Carré, a Graham Greene, o las primeras
novelas de Follet o Forsyth. Sí, ¿qué pasa? En determinados círculos literarios
uno parece tener que disculparse por haber disfrutado con estos autores en
lugar de arrugar la nariz con asco o sacudir la mano con indiferencia elitista al decir que
jamás ha leído una novela suya. Y eso que también leo poesía, disfruto con los
cuentos de mi querido José María Merino y otros muchos autores, y para mí,
no me canso de decirlo, el mejor escritor español vivo (y que nos dure muchos
años) es Antonio Muñoz Molina.
Viene esto a cuento porque
anoche vi una parte de
Marathon man, la película de John Schlesinger con
guión de William Goldman basado en su propia novela. Ya estaba empezada pero no
pude separarme de la tele, con una media sonrisa todo el tiempo al reconocer
las historias que siempre me gustaron. Tengo una vieja edición de
Marathon
man en mi estantería, la misma que leí hace casi tres décadas. No la había
vuelto a leer y hasta anoche hacía muchos años, por lo menos quince, que no
veía la película otra vez. Me gusta mucho volver a ver películas que ya he
visto: a veces prefiero hacer eso antes de ver una nueva. Manías que tiene uno.
Todo el mundo recuerda
Marathon man por la famosa escena de la tortura
odontológica al protagonista, pero a mí esa parte es la que menos me interesa.
Prefiero la atmósfera, la forma en la que se presentan los personajes, al gran
Roy Scheider (con los años impresiona su forma física y esa planta de galán) luchando en
calzoncillos en la habitación de un hotel en París; los matones nazis que
acompañan a Lawrence Olivier; el héroe a su pesar que encarna Dustin Hoffman.

Una media sonrisa todo el
tiempo, decía. A Dustin Hoffman los matones nazis le meten la cabeza en una
bañera, lo colocan en una silla, maniatado. Después de ver la película me quedé
pensando si a lo mejor el subconsciente me llevó a poner a un par de personajes
de mi nueva novela en el mismo brete. Lo
recuerdo, y lo escribo, y no puedo
espantar esta mueca de satisfacción. Yo he crecido leyendo novelas así. Pero
eso ya lo he dicho.
© Andrés Pérez
Domínguez, mayo de 2012
Comentarios