Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Ray Bradbury


                  
Había escrito antes de comer una entrada del blog y no acostumbro a castigar a mis lectores con dos posts el mismo día, pero me he enterado de que se ha muerto Ray Bradbury y sé que si lo aplazo hasta mañana terminaré sintiéndome un miserable. Con 91 años era de esperar, claro, aunque uno desee secreta o ingenuamente que los genios duren para siempre. Esta mañana me había alegrado mucho al conocer que a Philip Roth le habían dado el premio Príncipe de Asturias, y cruzo los dedos para que, igual que pasó con Gunther Grass, el mismo año que se acordaron de él en Oviedo los suecos también caigan en la cuenta de que ya va siendo hora de invitarlo a Estocolmo en diciembre. Ojalá.
A Ray Bradbury nunca le dieron el Nobel, ni puñetera falta que le hacía. Había escrito unos cuantos libros que llegaron al alma de millones de lectores de varias generaciones. No creo que para un escritor exista un premio mayor que ése. Esta mañana también, qué casualidad, me he encontrado con un profesor del instituto, de cuando yo estudiaba primero de BUP. Seguro que él no se acuerda, pero yo sí, y me ha venido a la memoria mientras tecleo esta entrada después de aparcar las galeradas que ando corrigiendo, cuánto se sorprendió entonces de que un chaval de catorce años (un chaval de catorce años de aquella época, porque ya ha llovido mucho), supiera la temperatura a la que arde el papel según la escala Fahrenheit. ¿No sabéis de qué estoy hablando? Entonces es que os habéis perdido a Ray Bradbury.
Peor para vosotros.



© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2012

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