Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La mirada de otro


             
Cuando viajo a una ciudad que no es la mía o no estoy acostumbrado a visitar suelo levantar la cabeza para admirar las plantas más altas de los edificios, la arquitectura a veces diferente a la que están acostumbrados mis ojos. Seguro que la gente que vive en Nueva York, una de las ciudades más falsamente imaginadas por quienes nunca la han visitado, no padece tortícolis de tanto mirar las últimas plantas de los rascacielos mientras camina, algo que yo, por muchas veces que visite la ciudad, siempre acabo haciendo.
Por desgracia la mirada se cansa o se atrofia al vivir mucho tiempo en un mismo sitio. Se aburre quizá. Es humano, supongo, pensar siempre que lo mejor es lo que no tenemos, lo que está más allá. Pensaba ayer sobre esto después de recorrer un par de días el Aljarafe con un amigo al que tengo un gran aprecio. Cada vez que se acerca por esta comarca repleta de pueblos y urbanizaciones entre Sevilla y Huelva a mi amigo le afecta un entusiasmo contagioso por las casas con fachadas encaladas, las iglesias viejas, los monasterios junto a la carretera, la tranquilidad de algunos pueblos que para muchos resulta tediosa, los bares, las tabernas y las mujeres guapas. Y al final uno termina también sintiéndose feliz, igual que cuando viajas a una ciudad extranjera que te gusta mucho con una persona muy querida, porque descubres que las mismas calles monótonas que tan bien conoces, incluso tu propia casa, el despacho donde escribes o la caja donde guardas los manuscritos y los bolígrafos gastados, para alguien que los ve por primera vez adquieren una dimensión que para ti ya no es posible. Pero basta esa mirada de otro sobre tu mundo aburrido para que al día siguiente vuelvas a pasear por las mismas calles o a sentarte delante de la mesa en la que escribes cada día y todo, curiosa, felizmente, te parezca menos monótono, menos anodino.


© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2012

Comentarios

Rosa mary ha dicho que…
Eso suele pasar,yo estoy tan acostumbrada a ver León que me pasaba indiferente ,pero desde que un amigo está tan encantado con la ciudad y su historia (que me la cuenta en cuanto tiene ocasión)pues mira será que me gusta más .Si vuelves visita la catedral ,es la 3 mejor de España ,un saludo Andrés
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Es verdad, Rosa Mary, León es una ciudad muy bonita. Ya visité la catedral cuando estuve en la feria del libro. Ojalá me lleven por allí de nuevo. Un abrazo,

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