
Creo que por fin estoy de
vacaciones. No puedo afirmarlo con rotundidad porque en mi oficio nunca
encuentro una frontera clara entre el trabajo y el ocio. Resulta raro también
cuando trabajas en casa y llegan las vacaciones. Con el tiempo me he dado
cuenta de que lo mejor es poner tierra de por medio o intentar hacer cosas
diferentes. Quiero irme lejos, pero aún no lo tengo claro. Mientras tanto, voy
y vengo a la playa estos días tan largos que parece que el calor durará para
siempre, como si el verano fuera eterno y no un fogonazo que se acabará
enseguida y empezaremos a echar de menos el olor del campo cuando se pone el
sol o la brisa suave que por fortuna sopla muchas veces desde el Atlántico. Me
acerco a la playa a ver a la familia, a algunos amigos, sin mirar el reloj. Mi
madre me prepara una buena cena y aunque siempre le digo que no, cada vez que
voy me ofrece una cama para quedarme a dormir. Mi amigo Patricio y Ana,
su mujer, también me ofrecen una habitación cuando voy a verlos, pero saben que
tengo la manía de dormir en mi cama o en un hotel y no en casa de nadie aunque
me traten tan bien como si fuera la mía.
Pero creo que estoy de
vacaciones, decía más arriba. Quizá debería ser un poco más tajante. Siempre
escucho la radio en el coche. Noticias, entrevistas, cualquier programa que me
distraiga. Apenas música. Nunca he sido demasiado melómano, pero esta
semana ya me he descubierto conduciendo un buen rato por la noche regresando de
alguna escapada y canturreando canciones al volante como si otra vez tuviera
dieciocho años y me acabara de sacar el carné. Paro el coche en una cuneta y
busco una carpeta repletas de cedés en la guantera.

Mis gustos son de lo más
variado, anárquicos: paso de Sting a Areta Franklin, a Solomon Burke, a
Springsteen, a Sabina, a Serrat, a Fito & Fitipaldis, a Dylan, a Sam Cooke
y su
Wonderful world que enseguida me trae a le memoria esa deliciosa
escena de Harrison Ford y Kelly McGillis en
Único testigo, y la marcha
aburrida por la autovía se convierte en un festival impro
visado de recuerdos.
© Andrés Pérez
Domínguez, agosto de 2012
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