A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
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El placer de volver a casa. Tour de El silencio de tu nombre IV (Sevilla)
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Desde el viernes ando con una extraña mezcla de ilusión y
contención porque, nada más salir, El silencio de tu nombre se ha colado en la lista de los diez libros más
vendidos de España. Siempre procuro tomarme las buenas noticias con calma y
mirar para otro lado cuando creo que puede tratarse de un espejismo. Pero ayer
por la tarde la comercial de Random House me habló de unos números fantásticos,
y aunque sostengo que el número de ejemplares vendidos no hace mejor ni peor a
un libro, mentiría si no afirmara que, si los lectores lo compran, mucho mejor.
Me había propuesto escribir un diario de la promoción. Y
digo diario en el sentido más literal, pero, aunque quise, el lunes y ayer
cuando llegué a casa sólo me quedaron fuerzas para sentarme delante del
ordenador y contestar a los comentarios de los lectores en las redes sociales.
Esta mañana es la primera vez que tengo un momento de sosiego. Todavía he de
contestar a las preguntas de una entrevista, y mañana tendré un encuentro
digital con los lectores en Canal Sur, una grabación para los informativos y
una entrevista en la tele. Pero hoy puedo aprovechar un rato para actualizar el
diario de la promoción.
Aunque estoy en Sevilla es como si estuviera en otra ciudad,
porque el lunes por la mañana, María, de Edere, la empresa que lleva
los asuntos de prensa de Random House en Andalucía, me recoge en un taxi para
ir a Punto Radio. Ahora se llama ABC Punto Radio, pero yo estoy acostumbrado al
nombre antiguo, el mismo que tenía cuando yo iba cada semana para recomendar
libros a los oyentes y a contar delante de un micrófono las cosas que me
apetecía. Echo mucho de menos la radio. Cristóbal Cervantes me dirá lo mismo el
martes. Ahora la emisora ya no está en el Estadio Olímpico, sino en el edificio
de ABC, pero los compañeros son los mismos. Le doy un abrazo a unos cuantos
viejos conocidos: Ali, César, Ricard. Llega Paco Robles y me dice que tengo la
culpa de sus ojeras porque ha estado leyendo El silencio de tu nombre hasta muy tarde. Aquí os dejo un recuerdo
del rato que estuvimos charlando.
Luego vamos al Hotel Inglaterra porque hemos quedado con
Gloria, de la web Elclubexpress.com, y en cuanto terminanos vamos corriendo
para una entrevista en la COPE con Manuel Salvador. Salimos de la radio con
cierta prisa porque tenemos que comer pronto para estar dentro de un rato en Canal
Sur radio, pero en la puerta de la emisora la moto de un policía nos impide el
paso. María frunce el ceño, pero el policía se baja, se quita el casco y nos damos
un abrazo. Es un buen amigo.
Un rato después estamos en los estudios de Canal Sur Radio,
donde vuelvo a recibir el cariño de otros viejos conocidos: Vicky y Jesús.
Primi me lo envía desde Granada, al otro lado del micrófono. Qué gusto cuando
los periodistas se han leído tu libro y además lo han disfrutado. A última hora
tenemos una cita con el siempre gentil Andrés González-Barba en ABC. Pasamos un
largo rato hablando de mi novela y de otras muchas cosas que tienen que ver con
este oficio en el que mi tocayo periodista ya ha hecho alguna incursión.
Cae la tarde cuando me despido de María. Hace mucho calor.
Recuerdo haber pasado menos calor muchos días de este verano. Estoy deseando
que el otoño empiece de una vez. Agotado, aprovecho para ir a entrenar, y
cuando llego a casa ya es muy tarde y caigo rendido. El martes tengo que levantarme
muy temprano porque la agenda está repleta: tres radios, una web, dos periódicos,
y un programa de televisión. Mañana os lo cuento. Sólo añadiré que tenía una gran sorpresa esperándome en casa: esa misma tarde me habían enviado los primeros ejemplares de El factor Einstein en bolsillo. Muchas emociones para un mismo día. Pero hoy no toca hablar de eso...
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
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