Últimamente me llegan por diferentes conductos varios
adjetivos que me dedican algunos colegas. Permitidme traer la definición de
colega según la RAE: compañero en un colegio, iglesia, corporación o ejercicio,
en la primera acepción; y en la segunda: amigo, compañero. Huelga decir que, si
me atengo a alguna de las acepciones, la mayoría de los escritores no son mis
colegas puesto que no nos conocemos y no somos amigos. Pero bueno, digamos
colegas, para simplificar.
Yo no sé si por mi tendencia natural a la soledad soy muy
poco dado a participar en actos literarios salvo en los que tienen que ver con
la promoción de mi propio trabajo, y con los años he adquirido cierta habilidad
para escaquearme de saraos, presentaciones y encuentros varios que tienen mis
colegas, salvo que sean amigos o se trate de libros que me gusten mucho, lo que
reduce el margen bastante, puesto que para contar a mis amigos me bastan los
dedos de las manos y muchos de los libros que empiezo no los termino porque me
aburren. Y, si me centro en el ámbito local, que tan dañino suele ser para las
buenas relaciones entre los escritores, tampoco es que por vivir en Sevilla tenga
por costumbre relacionarme con otros escritores sevillanos, y no es por nada,
sino porque creo, y lo he dicho aquí más de una vez, que los amigos llegan a serlo
por razones varias, pero nunca por obligación ni por tener la misma profesión.
Pero ojo, que no ser amigo no implica ser enemigo. Además, las pandillas
literarias nunca me han gustado. Una vez, hace muchos años, empecé a salir de
cacería (literaria) yo solo y no me ha ido mal. No sé si cazando en manada me hubiera
ido mejor, pero el caso es que me sigue gustando cazar solo.

Bueno, a lo que iba. Contaba esto en el párrafo anterior
porque, quien no me conoce, puede interpretar esta manera mía de proceder de la
forma más simple, o burda, y quiero creer que tal vez por eso en las últimas
semanas me he enterado de que un par de colegas (o, siendo justos, aspirantes a serlo) me han llamado prepotente, y lo más curioso
es que los dos se pusieron en contacto conmigo alguna vez por motivos que no
vienen al caso y a los dos los atendí en la medida de mis posibilidades y de mi
tiempo, de los que nunca ando sobrado, por cierto. Pero si no hubiera atendido
sus demandas tampoco deberían tacharme de prepotente, y además públicamente,
creo. Estos dos escritores, que no sé si han puesto de acuerdo y ni siquiera sé
si se conocen, además de prepotente, han dicho por separado y en un encuentro
con lectores que soy un enchufado, lo que, volviendo al diccionario de la RAE,
viene a ser una persona que ha obtenido un cargo o destino por enchufe. Como no
tengo ni cargo ni destino ni me gustan los chanchullos ni las prebendas ni en
mi vida he tenido un sueldo, para no confundir al personal, al menos uno de estos
colegas se ha preocupado de explicar a los lectores que lo escuchaban embelesados
que, en lo que a quien firma este post
se refiere, resulta imposible lucir tantos premios en
mi currículum a no ser que yo sea un enchufado. Que los premios me los han dado
por mi cara bonita, vaya. Lo malo de estas cosas es que nunca te las
sueltan frente a frente, más que nada porque resultaría más interesante, y más
divertido, hablarlas de tú a tú.

Decir que hablan mal de ti por envidia resulta un ejercicio
tremendo de vanidad u orgullo. Pero bueno, todos los escritores somos
vanidosos, al menos en lo que tiene que ver con nuestro trabajo. Sin una dosis
importante de vanidad, y también un punto de locura, nadie se atrevería a
regalar al mundo cada cierto tiempo un artefacto de seiscientas páginas pensando
que podrá interesar a los demás. Por envidia o no, en el fondo es un poco
triste que pasen estas cosas. Pero bueno, no es más que España en un par de
ejemplos: por qué él y no yo; cómo va a ser él si tiene la misma edad que yo o incluso
es más joven y además es de pueblo. Cosas así.
Que en un momento dado hablen mal de uno va con el oficio.
Lo aprendí hace tiempo. No me afecta demasiado y a veces llega a hacerme
gracia. Peor llevo que otros pongan en mi boca cosas que yo no he dicho, como
también me cuenta alguien que ha hecho uno de los colegas estos que me admira tanto. Eso no me gusta, sobre todo si tiene la desvergüenza de decir públicamente
(alguien a quien no conozco de nada, insisto, sólo de haberle contestado a un correo
cuando me pidió un favor), que una vez le di la clave de lo que tenía que hacer
para ganar un premio que ansía. Como entre mis escasas virtudes
está una memoria tan buena que a veces me irrita a mí mismo acordarme de cosas que
preferiría olvidar, sé que jamás le he dicho esto ni a él ni a nadie.

Pero hoy
haré una excepción. Te diré ahora el truco, si quieres, colega: para ganar premios,
tener lectores y poder vivir de esto, hay que escribir mucho, escribir hasta
dejarte las pestañas, y participar en certámenes durante años, hasta que te dé
vergüenza ir a la oficina de Correos a mandar las copias, y luego no ponerte a
llorar en un rincón cuando las editoriales te ignoren, sino guardar las cartas
de rechazo como un trofeo para enseñar a tus nietos (yo no estoy por la labor de ser abuelo, pero tengo cartas de ésas para empapelar una habitación), seguir
intentándolo si crees en ti mismo y en tu trabajo. Cualquier cosa mejor que avinagrarte pensando que el mundo conspira contra ti y no aceptar, por mucho que te cueste,
que no lo es lo mismo el talento que la vocación, y que, por desgracia, lo segundo
es mucho más abundante que lo primero, y que siempre, pero siempre, te encuentras
a alguien que lo hace mejor que tú.
A mí me pasa cada día.
©
Andrés Pérez Domínguez, junio de 2013
Comentarios
Escribes de maravilla. Da gusto leerte. Ideas claras y expresión magnífica. Lo demás, dejáselo a los mediocres, que disfrutan más dedicando su tiempo a la crítica del que lo hace mejor,en lugar de disfrutar con su propia obra por muy mala que sea. Saludos