Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Obsolescencia programada


En un rincón de un armario de la casa de mis padres he encontrado un viejo ventilador. Pequeñajo, chato, aspas azules, protector metálico un poco oxidado, botón redondo, una de las esquinas de la base desportillada por el paso del tiempo o un accidente y un cable terminado en un enchufe tan antiguo que lo primero que pienso es que, si logro encajarlo en alguna parte, se fundirán los plomos de la urbanización. Recuerdo perfectamente este trasto, hace más de treinta años, cuando los aparatos de aire acondicionado se antojaban un lujo raro y, si los había, eran unos armatostes empotrados en la pared por un albañil. Mi madre me cuenta que ese ventilador es aún más viejo de lo que pienso, que probablemente ya era de la familia antes de que yo naciera. Hasta donde yo puedo recordar este chisme fue un alivio del calor de muchas tardes de verano. No soy dado a la nostalgia, pero no he podido evitar encender el viejo ventilador. Si es cierto eso que dicen de la obsolescencia programada, el ventilador no funcionará. Pero lo enchufo, giro el interruptor y no ha habido un cortocircuito, y después de titubear un poco las aspas han empezado a girar, como si no hubiera pasado el tiempo. Lo tengo ahora encendido, mientras escribo esta entrada. Es el mismo ruido constante y perezoso de cuando era un crío. El sonido exacto de las tardes de verano, cuando no había internet ni vídeos, sólo dos cadenas de televisión y a ciertas horas del día lo único que podías hacer era devorar tebeos o novelas.


 © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Normalmente una imagen no vale más que mil palabras, pero emociona comprobar cómo un sonido, un olor o una canción, pueden traer a la cabeza miles de imágenes y recuerdos

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