Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Obsolescencia programada


En un rincón de un armario de la casa de mis padres he encontrado un viejo ventilador. Pequeñajo, chato, aspas azules, protector metálico un poco oxidado, botón redondo, una de las esquinas de la base desportillada por el paso del tiempo o un accidente y un cable terminado en un enchufe tan antiguo que lo primero que pienso es que, si logro encajarlo en alguna parte, se fundirán los plomos de la urbanización. Recuerdo perfectamente este trasto, hace más de treinta años, cuando los aparatos de aire acondicionado se antojaban un lujo raro y, si los había, eran unos armatostes empotrados en la pared por un albañil. Mi madre me cuenta que ese ventilador es aún más viejo de lo que pienso, que probablemente ya era de la familia antes de que yo naciera. Hasta donde yo puedo recordar este chisme fue un alivio del calor de muchas tardes de verano. No soy dado a la nostalgia, pero no he podido evitar encender el viejo ventilador. Si es cierto eso que dicen de la obsolescencia programada, el ventilador no funcionará. Pero lo enchufo, giro el interruptor y no ha habido un cortocircuito, y después de titubear un poco las aspas han empezado a girar, como si no hubiera pasado el tiempo. Lo tengo ahora encendido, mientras escribo esta entrada. Es el mismo ruido constante y perezoso de cuando era un crío. El sonido exacto de las tardes de verano, cuando no había internet ni vídeos, sólo dos cadenas de televisión y a ciertas horas del día lo único que podías hacer era devorar tebeos o novelas.


 © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Normalmente una imagen no vale más que mil palabras, pero emociona comprobar cómo un sonido, un olor o una canción, pueden traer a la cabeza miles de imágenes y recuerdos

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